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22 de febrero de 2015


En estos tiempos en los que hacer los que nos place y buscarlo,  parece lo más lógico y sensato, se rehuye al sufrir y a tener la mas mínima incomodidad. Se toma el sufrimiento como lastimoso, desagradable e insensato. Se cree incluso que Dios no quiere que suframos,  pues  ¨Como Padre no quiere el mal de sus hijos¨, pero olvidamos que un buen padre corrige a sus hijos porque les ama.

El sufrir desagrada y puede ser temido pues sufrir es signo de muerte, y nosotros estamos llamados a la vida. Si sufrir no pudiera ser bueno, nuestro Creador no hubiera querido sufrir como nosotros. Y con su sufrimiento, su muerte y resurrección nos liberó del pecado y de la muerte. Asi, sólo el sufrimiento tiene sentido y será bueno si está presente Cristo.

El gran mal de la humanidad y causa principal de nuestra muerte es el Pecado,  Cada pecado es un rechazo a la vida,  Es la desconfianza, las desobediencias a nuestro Padre. Desamor  propio, al hermano necesitado y a Dios mismo.

Dios ni la Iglesia pretenden que suframos pero es una realidad propia de la vida, y Dios en una forma misteriosa  puede valerse de nuestro sufrir como corrección nuestra, para que aprendamos a ser buenos hijos suyos y mejores personas. Así, puede valerse de una enfermedad o la muerte de un ser querido como la de una dura crítica o el desaire de un amigo.

Este ¨dejarse corregir¨, la Iglesia le llama Penitencia que nos lleva a la Conversión del Corazón. Fin de todas nuestras obras de penitencia para que no sean estériles ni engañosas (Ver CIC. 1430). Es una reorientación radical de toda la vida, una conversíon a Dios con todo nuestro corazón, una aversión al mal, repugnancia hacia las acciones que hemos cometido. junto con el deseo y resolución de cambiar de vida  (ver CIC: 1431). Más sencillo, es rechazar toda nuestra vida de pecado y desterrada de Dios para volver hacia ÉL No sólo con palabras, buenas intenciones o apariencias sino con acciones concretas. 

Sin duda este camino es grande y muy exigente puesto que nuestro corazón es rudo y endurecido (ver CIC 1432), y si no lo creemos puede que lo tengamos asi. Sin embargo, la iniciativa de la conversión nunca es nuestra sino de Dios. Es Él quien suscita, es Él quien despierta el deseo de cambiar, de acercarse más o incluso de volver.  Y es Él quien mismo nos ayuda con su Espíritu Santo para no dejarnos solos:

 ¨Conviértenos, Señor, y nos convertiremos¨(Lc 5,21). 

Gracias

Luis Vera

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CIC - Catecismo de la Iglesia Católica


5 de diciembre de 2012

"Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer.¨


Del Santo Evangelio según San Mateo 15,29-37

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino." Los discípulos le preguntaron: "¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?" Jesús les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?" Ellos contestaron: "Siete y unos pocos peces." Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.  (Aciprensa.com)

Comentario: 

1. Un banquete delicioso
1.1 Un banquete no es solamente una gran cantidad o una buena calidad de comida. Es un punto alto y bello de la relación entre los parientes o amigos. Por lo menos así lo ha entendido siempre el Oriente, donde invitar a comer es un modo elocuente de abrir el corazón.


1.2 Y sin embargo, la abundancia importa; no sólo por la satisfacción deleitable del paladar y los sentidos, sino por lo que ello implica de descanso y confianza hacia el futuro. Abundancia de algún modo significa provisión futura. Por eso, en la lectura del profeta Isaías del día de hoy, junto a la imagen del banquete abundante está el triunfo sobre la muerte. He aquí la victoria que aguarda el profeta: vida que se hace fuerte por el alimento y vida que recibe defensa contra la muerte. Fuertes por dentro y protegidos por fuera: esa es la imagen de los redimidos.


2. El Banquete de Cristo y Cristo como alimento 
2.1 Cristo prepara un banquete para los suyos, con lo que cumple de modo magnífico y pleno lo vislumbrado por el profeta. Un banquete sobrio en cuanto a las viandas pero delicioso en su manera de manifestar la providencia. 
 
2.2 Miremos más de cerca las características de esta cena peculiar: se trata de la comida que ha nacido de su compasión; se trata de alimento para que no desfallezcan por el camino, es decir: es comida para el camino; se trata de comida que reparten sus discípulos; se trata, finalmente, de comida "en acción de gracias", capaz de saciar a todos. 

 
2.3 Estas características son propias del mismo Cristo. Su presencia entre nosotros nace de la compasión; está a nuestro lado sosteniendo nuestro caminar; llega a nosotros por ministerio de sus apóstoles y predicadores; él es nuestra Eucaristía y puede saciar todo corazón y todo anhelo. 


La edición y el subrayado son nuestros
Fr. Nelson Medina, O.P. - homiletica.org


En este día, descubramos que el Señor no es ajeno a nuestro sufrimiento sino compasivo, pues está atento a nuestras necesidades y sufre con nosotros .
Que la misericordia y la confianza en el Señor no les falte.

Gracias

27 de junio de 2009

El Resucitado tiene poder sobre la muerte. (Domingo 13 del Tiempo Ordinario).

Sab 1, 13-15; 2, 23-24; Cor 8,7.9. 13-15; Mc 5, 21-43.

(...)
Jesús se conmueve ante la muerte que acaba de segar la vida a una niña de doce años, y la devuelve viva a sus padres, pidiéndoles que le den de comer, para que vean que realmente ha vuelto a la vida.

Pero ¿qué es la resurrección de una sola niña, frente a millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos que mueren o son eliminados cada día sin compasión alguna? Mas Jesús resucita a esa niña para darnos a entender que él tiene poder para resucitar a los muertos, gracias a su dominio absoluto sobre la muerte, y que son multitud inmensa los que él resucita cada día para la vida eterna.

La resurrección de la hija de Jairo, igual que la de Lázaro y del hijo de la viuda de Naín, y sobre todo la resurrección de Jesús, demuestran que la muerte no es el final de vida humana, sino el principio de la vida sin final; que el Resucitado tiene poder sobre la muerte; que Dios nos ha creado [para ser] inmortales; que la muerte del cuerpo no es la muerte de la persona, sino que, al despojarse ésta del cuerpo corruptible, atraviesa la muerte y Cristo la llama: “¡Levántate!”, para darle un cuerpo glorioso como el suyo. De la semilla que se pudre surge una planta nueva.

San Pablo asegura que Jesús “transformará nuestro pobre cuerpo mortal y lo hará semejante a su cuerpo glorioso” (Flp 3, 21), “Lo que es corruptible debe revestirse de incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de inmortalidad” (1Cor 15, 53). La muerte, por lo tanto, no es una desgracia, sino la ardua puerta de la máxima gracia y máxima felicidad: la resurrección y la gloria eterna.

El mismo Apóstol nos legó su convicción de fe: “Para mí es con mucho lo mejor el morirme para estar con Cristo”; “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”; “Pongan su corazón en los bienes del cielo, donde está Cristo”.

No podemos, pues, pensar nunca en la muerte sin pensar a la vez, y sobre todo, en la resurrección; de lo contrario viviremos como esclavos del temor a la muerte, en lugar de vivir en la alegría pascual del esfuerzo por conquistar la resurrección a través de la muerte, decidiéndonos a pasar porla vida haciendo el bien en unión con Cristo.

La fe verdadera no se rinde ante el poder de la muerte. ¿De qué nos valdría la fe si no nos llevara a la vida eternamente feliz, más allá de la muerte? Si no se cree en la resurrección, la fe resulta un engaño y la predicación un fracaso total.
(...)
P. Jesús Álvarez ssp.
Conferencia Episcopal Peruana


Lun.: Hch 12, 1-11; Sal 33; 2TM 4, 6-8. 17-18; Mt 16, 13-19
Mar.: Gn 19, 15-29; Sal 25; Mt 8, 23-27
Mié.: AGn 21, 5.8-20; Sal 33; Mt 8, 28-34 14-17
Jue.: Gn 22, 1-9; Sal 114; Mt 9,1-8
Vie.: Ef 2, 19-22; Sal 116; Jn 20, 24-29
Sáb.: Gn 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mt 9, 14-17

10 de febrero de 2009

¿La enfermedad tiene sentido?

La enfermedad cuando nos toca
Casada y madre de un hijo, Sylvie Menard, dirige el Departamento de Oncología Experimental del Instituto de Tumores de Milán (Italia), donde trabaja desde 1969. Se describe como laica no creyente.

El 26 de abril de 2005 «la mujer que había sido hasta entonces había muerto. El examen mostraba un tumor en la médula, un tumor incurable. Me miré en el espejo de casa: "imposible", me decía; me encuentro muy bien. Logré dormir sólo cuando me convencí de que se trataba de un error», cuenta la especialista.

«Conocí la imposibilidad, de golpe, de trazar cualquier proyecto. Era como tener delante un muro --reconoce la oncóloga--. El futuro sencillamente ya no existía» y «descubrí que existe todavía una palabra tabú, la palabra cáncer», pues «hay quien te teme, como si fuera contagioso».

Vaciló en someterse a terapia, consciente de que no habría curación. «Quería permanecer todavía entre los sanos», dice. Se sucedían las noches difíciles, pues, como alerta, «cuando tienes un cáncer lo que cuenta son las noches». Finalmente eligió la terapia.

«Algo en mí reaccionó. Aún sin meta de curación, prolongar la vida algunos años, de improviso, se convirtió en mí en algo fundamental; quería vivir hasta el final», relata.

«Cambió la conciencia de la vida misma. Cuando estás sano, piensas que eres inmortal. Cuando en cambio tu final ya no es virtual, la perspectiva se da la vuelta», expresa.

«También yo, antes, hablaba de "dignidad de la vida", una dignidad que me parecía mellada en ciertas condiciones de enfermedad. Como sano se piensa que pasar por que te laven o te den de comer es intolerable, "indigno". Cuando llega la enfermedad, se acepta hasta vivir en un pulmón de acero. Lo que se quiere es vivir. No hay nada de indigno en una vida totalmente dependiente de los demás. Es indigno más bien quien no logra ver en ello la dignidad», subraya.

En su itinerario por la quimioterapia, la doctora Menard reflexiona sobre el debate de la eutanasia y sobre el caso de Eluana, la joven italiana en estado vegetativo cuyo padre quiere dejar morir.

«¿Pero sabemos que esa joven no tiene ningún cable que desconectar? --advierte la oncóloga--. ¿Que la hipótesis es la de dejarla morir de hambre y sed? ¿Sabemos que "estado vegetativo permanente" no quiere decir que no exista ninguna actividad cerebral? En un reciente trabajo científico se ha demostrado que si se pone ante los ojos de uno de estos enfermos una fotografía de personas queridas, y se hace una resonancia magnética, se ve la puesta en marcha de una actividad cerebral. ¿Cómo se puede decidir suspender la alimentación?».

Insiste en que la verdadera petición de los enfermos es la de no sufrir: «Debe hacerse todo lo posible contra el dolor», pide.
«La verdadera batalla, dice, es contra el dolor. No [una batalla] por una muerte que, en la experiencia amplísima del Instituto de los Tumores, los "verdaderos" enfermos no piden. Reclaman, en cambio, no ser abandonados», escribe .

Jesús y los enfermos
Si uno lee con detención los Santos Evangelios descubre todo un mundo, un océano de dolor que parece rodear a Jesús. Parece un imán que atrae a cuanto enfermo encuentra en su paso por la vida. Él mismo se dijo Médico que vino a sanar a los que estaban enfermos. No puede decir 'no' cuando clama el dolor. El amor de Jesús a los hombres es, en su última esencia, amor a los que sufren, a los oprimidos. El prójimo para Él es aquel que yace en la miseria y el sufrimiento (cf. Lc 10, 29 ss). La buena nueva que vino a predicar alcanzaba sobre todo a los enfermos.

El dolor y el sufrimiento no son una maldición, sino que tienen su sentido hondo. El sufrimiento humano suscita compasión, respeto; pero también atemoriza. El sufrimiento físico se da cuando duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma. Para poder vislumbrar un poco el sentido del dolor tenemos que asomarnos a la Sagrada Escritura que es un gran libro sobre el sufrimiento. El sufrimiento es un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. Sólo a la luz de Cristo se ilumina este misterio. Desde que Cristo asumió el dolor en todas sus facetas, el sufrimiento tiene valor salvífico y redentor, si se ofrece con amor. Además, todo sufrimiento madura humanamente, expía nuestros pecados y nos une al sacrificio redentor de Cristo