Este es un espacio de catequesis en el que encontrarás enseñanzas, noticias, mensajes, y reflexiones que te permitirán conocer la verdadera doctrina y te serán útiles en tu camino de fe.


¡¡¡Gracias por tu visita!!!

Mostrando entradas con la etiqueta última cena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta última cena. Mostrar todas las entradas

9 de mayo de 2015

¨Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando¨.

Domingo 6 del Tiempo Pascual
Del Santo Evangelio Según San Juan 15,9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros." (aciprensa.com)

Comentario:
Este pasaje ocurre en la última cena. El ambiente está lleno de dramatismo, ansias, miedo, confusión y expectativa. En plena celebración de la Pascua, de la liberación de Israel, Jesús tiene un gesto que sorprende y casi escandaliza a sus discípulos: El lavado de pies. Gesto que sólo era para los esclavos, por eso Pedro se rehúsa a recibirlo, pero Jesús lo reprende pues quiere enseñarle el corazón de su mensaje: El Amor. 

Los judíos piadosos, los que amaban a Dios, eran muy estrictos con el cumplimiento de los mandamientos. Ellos creían que Dios era un celoso juez que exigía que se cumplan al pie de la letra todos los mandamientos y preceptos que el pueblo judío había ¨reconocido¨ como que venían de Dios. 

Jesús rompe con todo eso, primero enseña que Dios es un padre amoroso que exige sí, pero que no fuerza en contra de la libertad que dio a sus hijos. El lo enseña con su propia persona, con sus palabras y sus gestos. 

El amor no sólo es un sentimiento que nos une entre las personas, sino es algo mucho mas profundo y mucho más grande. Es una persona Dios mismo, Dios mismo que se entrega a nosotros en la persona de su Hijo. 

Jesús, el Hijo y el Creador, nos ¨exige¨ con todo derecho por el amor que nos tiene: ¨Ármense unos a otros como yo los he amado¨. Cada uno en su propia vida debe aplicar el mandamiento, pero siempre cuidando de seguir los pasos de Jesús. Hay que preguntarse: ¿Que haría Jesús si estuviera en mi lugar?.  Gracias 



Para Profundizar:

Lectura:
El contexto de estos versículos del Evangelio de Juan contribuye a determinar el tono: nos encontramos ante el largo discurso de Jesús a los discípulos en la última cena, tras haber cumplido aquel gesto que, según el relato de Juan, califica el ministerio de Jesús como amor hasta el fin: lavar los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). Mirando estos intensos capítulos podemos reconocer en ellos un dinamismo que va desde el gesto como tal, el lavatorio de los pies, - un gesto en línea con las obras que Jesús ha realizado como signo que expresa su identidad y que llama a la fe a quien ve y escucha, - al largo discurso dirigido a los discípulos, expresión de despedida pero también indicación de posturas que hay que asumir y realidades que hay que atender, hasta la oración “sacerdotal” de Jesús al Padre (Jn 17), oración que supera los confines del grupo de sus discípulos para dirigirse en beneficio de todos los creyentes de todos los tiempos. Un movimiento ascensional del relato con el enaltecimiento de Jesús sobre la cruz, enaltecimiento percibido y puesto en evidencia por Juan como glorificación salvífica de Jesús y que califica ulteriormente la Pascua como paso del Verbo que desde los hombres vuelve al Padre.

En el discurso de Jesús las frases se subsiguen, se concadenan en un vértigo comunicativo que sin embargo no oprime con su ritmo, no cansa. Cada una de las expresiones es completa e incisiva en sí, y se inserta en el mundo expresivo de Jesús según Juan, en la continuidad de los temas y de los términos preferentemente usados.

En el contexto inmediatamente previo Jesús ha hablado de sí mismo como vid verdadera (Jn 15,1); esta imagen tiene como marco dos relaciones: el Padre es el viñador y los discípulos son los sarmientos. Es una imagen reveladora: antes de ser una exhortación dirigida a sus discípulos, es expresión de un hecho: el Padre cuida de la planta preciosa, de la relación instaurada entre Jesús y los suyos, así como los discípulos viven una realidad de comunión que los califica desde ahora. La exhortación se expresa con las palabras mismas que explicitan la imagen y se centra en el verbo “permanecer”; los discípulos están llamados a permanecer en Jesús así como lo hacen los sarmientos en la vid, para tener vida y dar fruto. El tema de dar fruto, pero también el tema de pedir y obtener que vamos a encontrar en los versículos que comentamos, ha sido anticipado aquí, ofreciéndonos un ejemplo del estilo de Juan, que retoma los temas profundizándolos.

Ciertamente en el verso n. 9 en el tono del discurso se percibe un cambio: no hay imágenes, sino la referencia directa a una relación: “Como el Padre me amó, yo también os he amado”. Jesús se pone en medio de un recorrido descendiente que va de Dios a los hombres. El verbo “amar” lo habíamos encontrado ya en el capítulo 14 al hablar de la observancia de los mandamientos; y ahora despunta de nuevo para llevar a una nueva síntesis en nuestro relato allí donde los “mandamientos” dejan paso al “mandamiento” que es el de Jesús: “Esto es lo que os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17). La relación de reciprocidad se retoma inmediatamente tras un imperativo: “Permaneced en mi amor”; se pasa del verbo “amar” al sustantivo “amor” para indicar que la acción procedente del Padre y que pasa por el Hijo a los hombres ha creado y crea un nuevo estado de cosas, una posibilidad que era impensable hasta ese momento. Y en el verso 10 la reciprocidad se realiza en sentido contrario: la observancia de los mandamientos de Jesús es para los discípulos la manera de responder a su amor, en analogía y en continuidad real con la actitud del Hijo que ha observado los mandamientos del Padre y por esto él también permanece en su amor. Entonces, la perspectiva es muy distinta de aquel legalismo que había monopolizado los conceptos de “ley” y “mandamientos”: Jesús vuelve a colocar todo en su perspectiva más verdadera: una respuesta de amor al amor recibido, el anuncio de la posibilidad de estabilidad en la presencia de Dios. También la frase en el v. 11 se convierte en una salida ulterior de la perspectiva legalista: el fin es el gozo, un gozo, eso sí, de relación; el gozo de Jesús en sus discípulos, su gozo presente en plenitud.

En el v. 12, como ya se ha dicho, el discurso se hace más apremiante: Jesús afirma que sus mandamientos se reducen a uno sólo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”; notamos como la línea relacional sea la misma, siempre en clave de respuesta: los discípulos se amarán como Jesús los ha amado. Pero lo que sigue restablece en términos absolutos el primado del don de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida para los amigos” (v. 13). Es ésta la obra insuperable de su amor, una acción que levanta a su nivel más alto el grado de implicación: el don de la vida. De aquí una importante digresión sobre este nuevo nombre dado a los discípulos: “amigos”; un término que se ve ulteriormente circunstanciado en contraposición con otra categoría, la de los “siervos”; la diferencia está en la falta de conocimiento del siervo respecto de los proyectos de su señor: el siervo es llamado a ejecutar y basta. El discurso de Jesús sigue su lógica: justamente porque ha amado a sus discípulos y está a punto de dar la vida por ellos, él les ha revelado el proyecto suyo y de su Padre, lo ha hecho mediante signos y obras, lo hará en su obra más grande, su muerte en la cruz. Una vez más Jesús señala su íntima relación con el Padre: “Os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (v. 15). Y sin embargo, en el corazón de la afirmación de Jesús sobre los discípulos como amigos no se olvida lo que se ha expresado antes: “Sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (v. 14).

Los últimos versículos de nuestro texto vuelven a lanzar la imagen de la vid, con además lo que ha sido afirmado: es Jesús que ha elegido a sus discípulos, no el contrario, la iniciativa sale de él. Sin embargo la imagen se ha dinamizado un poco: al contrario de una vid plantada en tierra, los discípulos están llamados para que vayan y para que en este ir den fruto; el fruto está destinado a permanecer (mismo verbo usado para invitar a permanecer en el amor de Jesús), otra calificación de estabilidad que vuelve a dar equilibrio al dinamismo.

Su identidad de discípulos se fundamenta en la elección hecha por Jesús y presenta un camino que recorrer, un fruto que dar. Entre el pasado de la llamada, el presente de la escucha y el futuro de la fructificación, el cuadro del discípulo parece completo. Sin embargo, hay que arrojar luz sobre Alguien, hay todavía una actitud que proponer. “Dar fruto” puede llevar a los discípulos a un actuar unilateral; la partícula “para que” enlaza el fruto con lo que sigue: pedir y recibir, experimentar la indigencia y el don dado con abundancia (“todo lo que pediréis”) y gratuitamente. Aquel Alguien que Jesús revela es el Padre, fuente del amor y de la misión del Hijo, el Padre al cual es posible dirigirse en nombre del Hijo ya que hemos permanecido en su amor. Y la conclusión se plantea de manera solemne y lapidaria: “Esto os mando: que os améis unos a otros”.

Meditación:
Las palabras de Jesús poco antes de su glorificación indican a la Iglesia el sentido del seguimiento y sus exigencias. Son palabras fuertes, que reflejan la gloria de Aquel que se entregará y dará su vida, libremente, para la salvación del mundo (cfr. Jv 10,17-18); pero al mismo tiempo son palabras íntimas, y por esto mismo sencillas, esenciales, cercanas, concadenadas, típicas de un discurso de despedida donde la repetición se convierte en llamada apremiante. Ser discípulos de Cristo es ante todo un don: es El que ha elegido a los suyos, es El que les ha revelado su misión y está revelando el gran “trasfondo” del proyecto de salvación: el querer del Padre, el amor entre el Padre y el Hijo que ahora se comunica a los hombres. Los discípulos ahora conocen, a diferencia del pasado de los primeros pasos de la historia de salvación y del presente de los que se han encerrado en si mismos optando por no comprender el valor de las obras realizadas por el Hijo por voluntad del Padre; este conocimiento pide e pedirá opciones coherentes para no quedarse en una pretensión vacía y estéril (cfr. 1Jn 4,8.20). “Permanecer” en el amor de Jesús y observar sus “mandamientos” es ante todo una revelación, el don de una suprema posibilidad que libera al hombre de la condición servil respecto de Dios mismo para ponerlo en una nueva relación con El, marcada por la reciprocidad, la relación típica de la amistad. “Permanecer en su amor” es lo que los Sinópticos llamarían el reino de Dios”, nueva situación en la historia antes herida por el pecado y ahora liberada.

En la cultura hebrea la observancia de los mandamientos iba unida a unos preceptos que iban hasta los más nimios particulares; todo esto tenía y tiene su valor, testimoniando así el esfuerzo de fidelidad a Dios de parte de los israelitas, llenos de celo; el riesgo, común a todas las realidades humanas, era el de perder de vista la iniciativa de Dios enfatizando la respuesta humana. En el evangelio de Juan Jesús restaura y por lo tanto renueva el campo semántico de la “ley” y de los “mandamientos” con el concepto de “permanecer”. Renueva y personaliza, ya que anuncia y muestra el amor del Padre dando su vida para salvar el mundo; es amor que revela la calidad no en abstracto, sino en el rostro concreto y cercano de Cristo que ama “hasta el fin” y vive en primera persona el amor más grande. Más de una vez Jesús ha descrito su relación con el Padre; el hecho que el se ponga bajo la señal de la obediencia al Padre califica la obediencia misma; no es la obediencia de un siervo, sino la del Hijo; es la obra que realizar, los “mandamientos de mi Padre”, no son algo exterior a Jesús, sino lo que El conoce y desea con todo su ser. El Verbo, que estaba con el Padre, está siempre con él haciendo lo que le complace en una comunión de operatividad que engendra vida. Y es justamente esto que Jesús pide a sus discípulos, teniendo en cuenta que aquel “como el Padre me amó... como yo os he amado” no queda a nivel de ejemplo, sino que se pone a nivel generativo, originario: es el amor del Padre la fuente de amor expresado por el Hijo, es el amor del Hijo la fuente de amor que los discípulos podrán dar al mundo.

Conocimiento y praxis están pues íntimamente enlazados en perspectiva del “Evangelio espiritual”, así como ha sido definido el Evangelio de Juan desde los tiempos de los Padres de la Iglesia. La fe misma, cuando es auténtica, no soporta dicotomías ante la vida.

Los discípulos aparecen en estos versículos como objeto del amor entrañable de su maestro; él no los olvidará ni siquiera al acercarse de la prueba, cuando rezará al Padre por ellos y “por todos aquellos que por su palabra creerán...” (Jn 17,20). En el horizonte de la escucha, de la acogida y del compromiso está su gozo, que es el mismo que el del maestro. Es El quien los ha elegido, con los criterios que sólo Dios conoce, una elección que recuerda la opción de Israel, el más pequeño de todos los pueblos. Es Jesús quien los ha constituido, instruido, fortalecido. Todo esto asume un significado todavía más intenso si leído a la luz de Pascua y de Pentecostés. Parece una paradoja, pero es justamente a esto a lo que están llamados: ser firmes/permanecer, y sin embargo ir. Firmeza y dinamismo cuya fuente sigue siendo el misterio de Dios, por el cual el Verbo estaba con el Padre, y sin embargo puso su morada entre nosotros (cfr. Jn 1,2.14).

Ser constituidos en esta solidez, ir y dar fruto define así el cometido de los discípulos después de la Pascua del Señor Jesús. Pero todo esto lo tenemos en los versículos unido a la invitación a pedir al Padre, en nombre de Jesús. Del Padre, en Cristo y con la fuerza del Consolador se espera, pues, la gracia para amar y, amando, testimoniar.



 La edición y el subrayado son nuestros


Que la misericordia y la confianza en el Señor no te falte

Gracias

28 de abril de 2013

¨La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros."

Del Santo Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35
Domingo 5 del Tiempo de Pascua
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros." (Aciprensa.com)


Comentario: 
Nuestra atención se detiene, ante todo, sobre la primera palabra utilizada por Jesús en este discurso de despedida que leemos en este domingo de Pascua: «Ahora». «Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado». ¿De qué «hora» se trata? Es el momento de la cruz que coincide con la glorificación. Este último término en el Evangelio de Juan coincide con la manifestación, o revelación. Por consiguiente la cruz de Jesús es la «hora» de la máxima epifanía o manifestación de la verdad. Hay que excluir todo significado sobre el ser glorificado que pueda hacer pensar a algo relativo al «honor», al «triunfalismo», etc. 

Por un lado Judas entra de noche, Jesús se prepara a la gloria: «Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto” (v.31-32). La traición de Judas madura en Jesús la convicción de que su muerte es «gloria». La hora de la muerte en cruz está en el plan de Dios; es la «hora» en la que sobre el mundo, mediante la gloria del «Hijo del hombre», resplandecerá la gloria del Padre. En Jesús, que ofrece la vida al Padre en la «hora» de la cruz, Dios se glorifica revelando su ser divino y acogiendo en su comunión a todos los hombres.

La gloria de Jesús (del Hijo) consiste en su «amor hasta el extremo» por todos los hombres, tanto que se ofrecen hasta a los que le traicionan. Un amor, el amor del Hijo, que se hace cargo de todas las situaciones destructoras y dramáticas que gravitan alrededor de la vida y de la historia de los hombres. La traición de Judas es el símbolo, no tanto de un individuo, como de toda la humanidad malvada e infiel a la voluntad de Dios. 

Sin embargo, la traición de Judas sigue siendo un evento cargado de misterio. Un exegeta escribe: “Con su traicionar a Jesús, «la culpa se inserta en la revelación; y hasta se pone al servicio de la revelación» (Simoens, Secondo Giovanni, 561). En un cierto sentido la traición de Judas ofrece la posibilidad de conocer mejor la identidad de Jesús: su traición ha permitido comprender hasta que punto ha llegado la predilección de Jesús por los suyos. Don Mazzolari escribe: «Los apóstoles se han convertido en amigos del Señor, buenos o no, generosos o no; fieles o no quedan siempre amigos. No podemos traicionar la amistad de Cristo: Cristo no nos traiciona nunca, no traiciona nunca a sus amigos, aunque no lo merezcamos, aún cuando nos rebelamos en contra de El, aún cuando lo negamos. Ante sus ojos y su corazón nosotros somos siempre los “amigos” del Señor. Judas es un amigo del Señor aunque en el momento en que, besándolo, consume la traición del Maestro» (Discursos 147). 

El mandamiento nuevo:
En el v.33 notamos un cambio en el discurso de despedida de Jesús, no se usa más la tercera persona, sino que hay un «tú» a quien el Maestro dirige su palabra. Este «tú» se expresa al plural y con un término griego que expresa profunda ternura: «hijitos» (teknía). Más concretamente: Jesús utilizando este término quiere comunicar a sus discípulos, con el tono de su voz y con la apertura de su corazón, la inmensa ternura que les tiene. 

Es interesante, además, otra indicación que encontramos en el v.34: «que os améis unos a otros como yo os he amado». El término griego Kathòs «como», no indica de por sí una comparación: como yo os he amado, amaos. El sentido podría ser consecutivo o causal: «Ya que yo os he amado, así amaos también vosotros». 

Hay exegetas que como el P.Lagrange ven en este mandamiento de Jesús un sentido escatológico: durante su relativa ausencia, Jesús, en espera de su definitivo retorno, quiere ser amado y servido en la persona de sus hermanos. El mandamiento nuevo es el único mandamiento. Si falta, todo falta. Escribe Magrassi: «Fuera las etiquetas y las clasificaciones: todo hermano es sacramento de Cristo. Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado del hermano de la mañana a la noche sin aceptarlo y sin amarlo? La gran operación en este caso es el éxtasis en el sentido etimológico de la palabra: salir de mí para hacerme prójimo de cualquiera que me necesite, empezando por los más cercanos y por las cosas humildes de cada día» (Vivere la chiesa, 113).


La edición y el subrayado son nuestros
Tomado del Sitio Oficial de los Carmelitas

En este día, contemplemos el Amor de Dios que se entrega a si mismo por nosotros y descubramos que nos manda hacer lo mismo con el prójimo.
 
Que la misericordia y la confianza en el Señor no les falte.

Gracias


9 de abril de 2009

La Eucaristía, sacramento del Amor. Jueves Santo

(...)
Habrá sido un día como hoy, cuando Jesús con sus discípulos celebró la Pascua judía, es decir, el recuerdo de la salida de Egipto. Y fue durante esa conmemoración en que Él instituyó el sacramento de la Eucaristía. Les dijo a sus discípulos: “ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS. ESTA ES MI SANGRE QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS”. Sabemos que esa entrega Jesús la realizó después en la cruz. Y la hacemos presente en cada misa.

La Eucaristía es el sacramento del amor, de la entrega, de la donación de Jesús a nosotros. Entregarse y derramarse es olvidarse de sí mismo, es vivir y morir por los demás.

La Eucaristía es también el sacramento de la unidad y comunión fraterna. La comunión con Cristo nos está uniendo, más y más, entre nosotros y con todas las personas que nos rodean.La Eucaristía nos compromete para hacer la unidad entre los hermanos, nos hace portadores de una comunidad fraterna. Por eso, nuestro corazón tiene que abrirse a los demás en la medida en que entra el pan de la unidad y fraternidad.

Por eso elegimos para nuestra celebración de hoy el símbolo del pan. Compartir el pan del Señor es compartir su amor generoso, desinteresado y sin límites, con nuestros seres queridos y con todos nuestros hermanos.

Una característica del cristianismo es que soy responsable no sólo de la propia perfección y salvación, sino también de la perfección y salvación de todos los míos, de todas las personas que están cerca de mí: mí cónyuge, mis hijos, mis hermanos.

Por eso, la Eucaristía es el sacramento de la solidaridad, disponibilidad y apertura para con los demás. Y hemos de preguntarnos: ¿En qué medida va creciendo, por medio de la participación en la Eucaristía, nuestro amor a los hermanos?

(...)











Lecturas para meditar:
Ex 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Co 11, 23-26; Jn 13, 1-15.
_________________________________

Otro artículo de interés: