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24 de agosto de 2012

¿Sabemos equivocarnos?

¿Sabemos equivocarnos?

No existe quien no se haya equivocado alguna vez, lo que sí existe seguramente son personas que han sabido sacar de sus errores nuevas fuerzas

Me pregunto muchas veces si el hecho de ser “perfeccionista” es verdaderamente una virtud, o un defecto. Y creo que tiene de las dos cosas.

Es una virtud, desde ya, porque es algo que nos impulsa a hacer todas las cosas perfectas.

Pero me parece que también es un defecto, dado que la realidad nos dice que en este mundo lo perfecto, no existe plenamente. Siempre está la posibilidad de equivocarse, y de hecho nos equivocamos.

Por eso es que me parece que el hecho de “aprender a equivocarse” es importante, quizás debiera ser una de las primeras cosas que tendrían que enseñarnos: que el fallar, es parte de nuestra condición humana. Que debemos buscar realizar todo lo más “perfectamente” posible, pero que inevitablemente está la posibilidad de equivocarnos.

El hecho de aprender a equivocarnos, sin dudas que nos ayudaría en muchas circunstancias que nos toca vivir, sobre todo para poder superarnos, y no creer que “hemos fracasado”, y quizás sólo haya sido que creíamos que inevitablemente todo nos iba a salir como lo planeamos, es decir, perfecto, y en realidad lo que después aparece como fracaso, no es otra cosa que la posibilidad que hay siempre de cometer un error, o de que no todo salga “tan perfectamente”.

Siempre pienso que en la vida lo importante no es no fallar, “no caerse”, sino el ver cómo reaccionamos ante una falla, si somos capaces de levantarnos de una caída. 

Por eso me parece fundamental que ya en la educación que damos a nuestros niños y jóvenes, los preparemos para esa posibilidad de equivocarse, de saber superar un error, de poder “asumirlo”, “hacerse cargo” de sus fallas, y no hacerles creer que pueden ser “omnipotentes” a tal punto que si cometen un error, ya hay que hablar de “fracaso”.

Los jóvenes tienen grande ideales, están hechos para las grandes empresas, y eso no se debe aplacar, pero sí mostrarles que muchas veces la realidad nos enseña que hay logros que vienen después de algunos obstáculos que hay que superar, que muchas veces algo que llamamos fracaso, no es más que una nueva oportunidad para demostrarnos que somos capaces de salir adelante, aún cuando todo haga pensar que no valió la pena tanto esfuerzo que se ha puesto para llevar adelante una tarea.

No existe quien no se haya equivocado alguna vez, lo que sí existen seguramente son personas que han sabido sacar de sus errores nuevas fuerzas para renovar un emprendimiento y no quedarse con la amargura de pensar que todo esfuerzo es inútil y no vale la pena volver a intentarlo.

Espero que sepamos enseñar a los jóvenes que no hay una vida “sin problemas”, sin posibilidad de errores, pero que sí hay en todo hombre una capacidad para superarlos.

El Subrayado es nuestro
 
Padre Oscar Pezzarini
Superior Provincial de la
Obra Don Orione en Argentina, Paraguay, Uruguay y México
Fuente: catholic.net

21 de agosto de 2012

La "Lectio Divina", la lectura orante de la Palabra de Dios

 

La frase latina "Lectio Divina" significa "lectura divina" y describe el modo de leer la Sagrada Escritura: alejarse gradualmente de los propios esquemas y abrirse a lo que Dios nos quiere decir. En el siglo XII, un monje cartujo, llamado Guigo, describió las etapas más importantes de la "lectura divina". La práctica individual o en grupo de la Lectio Divina puede tomar diversas formas, pero la descripción de Guigo permanece como fundamental. 
 
Guigo escribió que la primera grada de esta forma de rezar es la lectio (lectura). Es el momento en el que leemos la Palabra de Dios lenta y atentamente, de modo que penetre dentro de nosotros. Para esta forma de oración se puede escoger cualquier breve pasaje de la Escritura.

La segunda grada es la meditatio (meditación). Durante esta etapa se reflexiona y se ¨rumía¨ el texto bíblico a fin de que extraigamos de él, lo que Dios quiere darnos.
 
La tercera grada es la oratio (oración), es el momento de dejar aparte nuestro modo de pensar y permitir a nuestro corazón hablar con Dios. Nuestra oración está inspirada por nuestra reflexión de la Palabra de Dios.
 
La última etapa o grada es la contemplatio (contemplación), en la cual nos abandonamos totalmente a las palabras y pensamientos santos. Es el momento en el cual nosotros sencillamente reposamos en la Palabra de Dios y escuchamos, en lo más profundo de nuestro ser, la voz de Dios que habla dentro de nosotros. Mientras escuchamos, nos estamos transformando gradualmente por dentro. Evidentemente esta transformación tendrá un efecto profundo sobre nuestro comportamiento y, cómo vivamos, testimoniará la autenticidad de nuestra oración. Debemos meter en nuestra vida de cada día lo que leemos en la Palabra de Dios.

Estas etapas de la Lectio Divina no son reglas fijas que hay que seguir, sino simples orientaciones sobre cómo desarrollar normalmente la oración. Se encuentra una mayor simplicidad y una disposición mayor al escuchar que en hablar. Gradualmente las palabras de la Sagrada Escritura empiezan a librarse y la Palabra se revela delante de los ojos de nuestro corazón. El tiempo dedicado a cada etapa dependerá si la Lectio Divina se hace individualmente o en grupo. Si el método se desarrolla para la oración en grupo, es evidente que será necesaria un mínima estructura. En la oración en grupo la Lectio Divina puede permitir el diálogo sobre las implicaciones de la Palabra de Dios en la vida cotidiana, pero no se debe reducir a esto. La oración tiende más hacia el silencio. Si el grupo se siente llevado más al silencio, entonces se puede dedicar más tiempo a la contemplación.

Por muchos siglos la práctica de la Lectio Divina, como un modo de orar la Sagrada Escritura, ha sido una fuente de crecimiento en la relación con Cristo. En nuestros días son muchos los individuos y grupos que la están redescubriendo. La Palabra de Dios es viva y activa, y transformará a cada uno de nosotros si nos abrimos a recibir lo que Dios nos quiere dar.

La edición y el subrayado son nuestros  

Tomado del Sitio oficial de los carmelitas


La Lectio  Divina Es como leer un buen libro pero más profundo. Antes que nada abrimos nuestra imaginación al abrir el libro. Luego,  lo leemos para enterarnos de que trata, nos imaginamos todos los detalles y si es posible nos colocamos como un personaje de la histroria, cuando nos gusta una parte nos detenemos para meditarla, para sacar el mensaje  y lo que quiere decirnos el autor. A partir de aqui cambian las cosas, pues el autor de la Sagrada Escritura siempre es Dios y Él es quien nos habla en ese momento, y espera que lo escuchemos en lo profundo de nosotros, en el corazón, y cuando lo hacemos al ¨sentir¨ su voz, nuestro corazón responde con la contemplación. 

 

25 de abril de 2009

No basta decir ¨Yo creo¨.... (Domingo 3 de Pascua)

(...)
Las apariciones de Jesús son como un proceso de conversión mental, del Jesús de la vida pública al Jesús resucitado. Pero una conversión que no les resulta nada fácil.


Sus mentes aún no están habituadas a la nueva presencia pascual de Jesús.


Y por otra parte, los Evangelios insisten en el hecho de que ellos son “bien tardos en entender las Escrituras”.


Para quien ha leído y entendido la Escritura, el escándalo de la Pasión y de la Pascua debiera ser mínimo. Pero se ve que no basta con leer la Palabra de Dios. Es preciso entenderla y aprender a leerla luego en la realidad de los acontecimientos de la vida.


El proceso de la fe pascual necesita de tiempo. Requiere tiempo y maduración. Es el proceso de toda fe. No basta decir “yo creo”. Se requiere un lento proceso de crecimiento.


Y el caso es que este proceso de maduración de la fe pascual implica dos elementos fundamentales: el conocer y el experimentar.


El conocer la Palabra de Dios. Pero tampoco parece suficiente. Hay que unir al conocer la “visión”, el “ver”, el “experimentar”.


De ahí que, en las apariciones, Jesús insiste en dejarse ver, pero también insiste en la explicación de las Escrituras.


¿Y nosotros qué camino seguimos en nuestro proceso de maduración de nuestra fe?


Nosotros recibimos la fe en el Bautismo. Pero sólo en semilla. Tendrá que crecer. Desarrollarse. Madurar. Una maduración en la que “el saber”, “el conocer”, tendrán que ir acompañados del “ver”, es decir, la “experiencia”. Hablar de fe sin práctica es hablar de nada.


Decir que “yo creo” pero “no practico”, es un engaño. No es suficiente sacar una buena nota en religión, si luego suspendemos en la práctica.


Las apariciones pascuales de Jesús terminan siendo pequeñas catequesis a la comunidad cristiana. Pero hay una que pareciera como una especie de “repaso de la lección”. Por tres veces, de manera explícita, Jesús quiso que entendiesen el misterio de su muerte y resurrección. Ellos se mostraron siempre de cabeza dura para entenderlo. Ahora, sufren las consecuencias. Una de las razones del desconcierto de la Pasión, Muerte y Resurrección estuvo precisamente en no haber querido aceptar las explicaciones con las que Jesús quería hacérselo entender.


Es por ello que, ahora, vuelve constantemente a reiterar la misma explicación. Lo hizo con los dos de Emaús y lo vuelve hacer ahora. “Estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día,....”


Hay verdades que son esenciales. Verdades sin las cuales todo el resto carece de sentido. Y en la base de nuestra fe y de nuestra vocación cristiana de Iglesia hay algo que tiene que quedar bien claro: Jesús tenía que morir y resucitar. Si olvidamos esto, o si rechazamos esto, nos quedamos sin piso. Nuestra fe se queda sin una base sólida.


La Iglesia tendrá que repasar constantemente esta lección de Jesús. Se podrán olvidar otros detalles. Pero la Iglesia nunca podrá olvidar ni la muerte ni la resurrección de Jesús. Sin ese fundamento, la Iglesia se debilitaría en su misma consistencia.


Hay olvidos que pueden ser mortales. Hay olvidos que pueden significar la muerte.Y hay recuerdos que son vida. Por eso Jesús mismo nos dejó el gran mandamiento: “Haced esto en memoria mía”. Esto no se puede olvidar, sin exponer a la misma Iglesia a un empobrecimiento de su ser y misión.


(Hechos 3, 13-15.17-19, 1ª carta de san Juan 2, 1-5, Lucas 24, 35-48)


(El subrayado es nuestro).

El proceso de maduración de la fe.

Clemente Sobrado C.P.

http://www.iglesiaquecamina.com/



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Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.

Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. (1 Juan 2, 4-5)



Lun.: IP 5, 5b-14; Sal 88; Mc 16,15-20- Santos Felipe y Santiago, apóstoles.
Jue.: Hch 13, 13-25; sal 88;Jn 13, 16-20
Mar.: Hch 11, 19-26; Sal 86; Jn 10, 22-30
Vie.: Hch 13, 26-33; Sal 2; Jn 14, 1-6
Mié.: Hch 12, 24-13, 5; Sal 66; Jn 12, 44-50
Sáb.: Hch 13, 44-52; Sal 97; Jn 14, 7-14