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21 de agosto de 2012

La "Lectio Divina", la lectura orante de la Palabra de Dios

 

La frase latina "Lectio Divina" significa "lectura divina" y describe el modo de leer la Sagrada Escritura: alejarse gradualmente de los propios esquemas y abrirse a lo que Dios nos quiere decir. En el siglo XII, un monje cartujo, llamado Guigo, describió las etapas más importantes de la "lectura divina". La práctica individual o en grupo de la Lectio Divina puede tomar diversas formas, pero la descripción de Guigo permanece como fundamental. 
 
Guigo escribió que la primera grada de esta forma de rezar es la lectio (lectura). Es el momento en el que leemos la Palabra de Dios lenta y atentamente, de modo que penetre dentro de nosotros. Para esta forma de oración se puede escoger cualquier breve pasaje de la Escritura.

La segunda grada es la meditatio (meditación). Durante esta etapa se reflexiona y se ¨rumía¨ el texto bíblico a fin de que extraigamos de él, lo que Dios quiere darnos.
 
La tercera grada es la oratio (oración), es el momento de dejar aparte nuestro modo de pensar y permitir a nuestro corazón hablar con Dios. Nuestra oración está inspirada por nuestra reflexión de la Palabra de Dios.
 
La última etapa o grada es la contemplatio (contemplación), en la cual nos abandonamos totalmente a las palabras y pensamientos santos. Es el momento en el cual nosotros sencillamente reposamos en la Palabra de Dios y escuchamos, en lo más profundo de nuestro ser, la voz de Dios que habla dentro de nosotros. Mientras escuchamos, nos estamos transformando gradualmente por dentro. Evidentemente esta transformación tendrá un efecto profundo sobre nuestro comportamiento y, cómo vivamos, testimoniará la autenticidad de nuestra oración. Debemos meter en nuestra vida de cada día lo que leemos en la Palabra de Dios.

Estas etapas de la Lectio Divina no son reglas fijas que hay que seguir, sino simples orientaciones sobre cómo desarrollar normalmente la oración. Se encuentra una mayor simplicidad y una disposición mayor al escuchar que en hablar. Gradualmente las palabras de la Sagrada Escritura empiezan a librarse y la Palabra se revela delante de los ojos de nuestro corazón. El tiempo dedicado a cada etapa dependerá si la Lectio Divina se hace individualmente o en grupo. Si el método se desarrolla para la oración en grupo, es evidente que será necesaria un mínima estructura. En la oración en grupo la Lectio Divina puede permitir el diálogo sobre las implicaciones de la Palabra de Dios en la vida cotidiana, pero no se debe reducir a esto. La oración tiende más hacia el silencio. Si el grupo se siente llevado más al silencio, entonces se puede dedicar más tiempo a la contemplación.

Por muchos siglos la práctica de la Lectio Divina, como un modo de orar la Sagrada Escritura, ha sido una fuente de crecimiento en la relación con Cristo. En nuestros días son muchos los individuos y grupos que la están redescubriendo. La Palabra de Dios es viva y activa, y transformará a cada uno de nosotros si nos abrimos a recibir lo que Dios nos quiere dar.

La edición y el subrayado son nuestros  

Tomado del Sitio oficial de los carmelitas


La Lectio  Divina Es como leer un buen libro pero más profundo. Antes que nada abrimos nuestra imaginación al abrir el libro. Luego,  lo leemos para enterarnos de que trata, nos imaginamos todos los detalles y si es posible nos colocamos como un personaje de la histroria, cuando nos gusta una parte nos detenemos para meditarla, para sacar el mensaje  y lo que quiere decirnos el autor. A partir de aqui cambian las cosas, pues el autor de la Sagrada Escritura siempre es Dios y Él es quien nos habla en ese momento, y espera que lo escuchemos en lo profundo de nosotros, en el corazón, y cuando lo hacemos al ¨sentir¨ su voz, nuestro corazón responde con la contemplación. 

 

22 de julio de 2012


Del Santo Evangelio Según San Marcos 6,30-34 

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: "Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco." Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. (Aciprensa.com)

Meditación del P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Como ya les indiqué, tras el fracaso de la visita a Nazaret, Jesús se dedica de modo especial a la preparación personal de sus discípulos. Durará este periodo algo más de un año. Este evangelio sucede cuando los discípulos han regresado de la misión que han realizado por parejas en diversas zonas. La comentamos el pasado domingo. El Espíritu del Señor les ha acompañado y vienen cansados pero eufóricos. Son ellos los primeros sorprendidos por lo que han hecho: enfermos que curan, personas que creen, gente abandonada que cambia su vida, los que preguntan queriendo saber más y más, endemoniados que son liberados. Jamás lo hubieran pensado; todos los doce tienen muchas cosas que contar y muchas ganas de hablar. Pero están cansados y Jesús se da cuenta, y les invita a un sitio tranquilo donde descansar y gozar de la experiencia con paz. Porque “no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado”. No faltarán entre ustedes quienes se encuentren a veces en situación parecida. 

Habrá quienes, obligados por la edad o los achaques, no estén ya para esfuerzos semejantes; pero también cuántos padres y madres de familia, sacerdotes, incluso personas jóvenes absorbidas por sus estudios y otras obligaciones, cuántos son los que no encuentran tiempo para hablar con tranquilidad con sus familias, saborear el cariño de la esposa y de los hijos, tener un poco de reposo para compartir con sus amigos, para leer un libro, para reflexionar sin prisa sobre lo que más les importa, para escuchar, agradecer y hablar con Dios. 

Y ocurrió que la gente adivinó a dónde iban Jesús y los discípulos, y corriendo se adelantaron de modo que al llegar estaba ya esperando un buen grupo. Se frustraron los planes. ¡Pobres! ¡Qué interés por escucharle! Dice Pedro, que fue testigo (el evangelio de Marcos es el de Pedro, recuerden), que a Jesús “le dieron lástima”; en rigor el término de Pedro es más expresivo; dice que a Jesús “se le conmovieron las entrañas porque andaban como ovejas sin pastor”. Aquella gente necesitaba una palabra de esperanza. Porque el hombre de todos los tiempos necesita saber “por qué vive, por qué trabaja, por qué sufre, por qué muere”, como enseña el Vaticano II (G.S.). Y concluye: “Y se puso a enseñarles con calma”. El deber más urgente del buen pastor es proporcionarles buenos pastos. Y “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). 
 
La importancia de los buenos pastores se ve ya en el Antiguo Testamento. Dios condena a los malos. Ya le hemos oído la amenaza. “¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas! Yo les tomaré cuentas por la maldad de sus acciones”. Y asegura que acabará con la situación por las buenas o las malas por medio del Mesías prometido: “Yo mismo reuniré el resto, lo que quede de mis ovejas, y les pondré pastores que las pastoreen. Suscitaré a David un vástago legítimo, reinará como rey prudente. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro”. Esta profecía de Jeremías la cumple hoy Jesús: “Yo soy el buen Pastor”. Con plena verdad le canta el salmo, y también nosotros: “El señor es mi pastor. Nada me falta. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo. Preparas una mesa ante mí. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (S. 22). 

Son palabras que recuerdan otras entrañables de Jesús a la vuelta triunfante de otra experiencia apostólica, esta vez de 72 discípulos, símbolos en su Iglesia de cualquiera de ustedes, pues todos en la Iglesia estamos y están llamados a dar testimonio: “Lleno de gozo por la acción del Espíritu Santo, exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y las has revelado a los pequeños”. Alégrense, hermanos, los pequeños, los que no han tenido tiempo para grandes estudios teológicos, pero tienen gran amor a Jesucristo y quieren que sea más y más amado. “Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están apenados y sobrecargados y yo les aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán alivio para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30). 

Si ustedes recurren a la Palabra en penas y alegrías, para dar gracias y pedir perdón, para encontrar luz y fuerza, para conversar con su Dios de corazón a corazón verán que no les defrauda. Desde el principio, antes que ninguna cosa existiese, existía la Palabra y la Palabra estaba en lo más íntimo de Dios y la Palabra era Dios. Vino al mundo, está en el mundo, la guarda y proclama la Iglesia. Y cuantos la reciben, se convierten en hijos de Dios y de su plenitud van creciendo de gracia en gracia (v. Jn 1,1-18). 

Por eso es fundamental que la Palabra, la Palabra de Dios al hombre, llegue a todos. Por eso, cuando la hayan gustado, denla a otros, porque es la primera necesidad y derecho de cada hombre. Conocer la Palabra, escucharla, gustarla en la intimidad de la oración, iluminar con ella el momento que vivo, valorar mi conducta con su medida, dejarme meter por ella en lo íntimo del Corazón de Dios, sentir en el mío su pálpito, llorar mis pecados, sentir la caricia del perdón y la fuerza vital de la vida de Jesús en mi alma para poner mis pisadas en sus huellas cargando con mi cruz. La grandeza de la palabra la conoce sólo el que la acoge. Oren la palabra. La intimidad con Jesús nos irá abriendo la puerta de su Corazón y nos hará día a día mejores discípulos. La palabra orada nos dará la gracia de amar a Jesús cada día con más entusiasmo, de hacer lo posible para sea más conocido y más amado. Es la palabra de quien es el camino, la verdad y la vida. Y recuerden: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Que así sea.