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17 de noviembre de 2018

¨ Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas ¨



Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
 
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 13: 24-32)
 
24 «Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, 25 las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. 26 Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; 27 entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

28 «De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. 29 Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas. 30 Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda.


31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
32 Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.
(Aciprensa.com)


S.S Francisco 
Ángelus
15 de Noviembre 2015



Queridos hermanos y hermanas ¡Buenos días! : 

El Evangelio de este penúltimo domingo del año litúrgico propone una parte del discurso de Jesús sobre los últimos eventos de la historia humana, orientada hacia la plena realización del Reino de Dios (cf. Mc 13, 24-32). Es un discurso que Jesús pronunció en Jerusalén, antes de su última Pascua. Contiene algunos elementos apocalípticos, como guerras, carestías, catástrofes cósmicas: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su esplendor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán» (vv. 24-25). Sin embargo, estos elementos no son la cosa esencial del mensaje. El núcleo central en torno al cual gira el discurso de Jesús es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección, y su regreso al final de los tiempos.

Nuestra meta final es el encuentro con el Señor resucitado. Yo os quisiera preguntar: ¿cuántos de vosotros pensáis en esto? Habrá un día en que yo me encontraré cara a cara con el Señor. Y ésta es nuestra meta: este encuentro. Nosotros no esperamos un tiempo o un lugar, vamos al encuentro de una persona: Jesús. Por lo tanto, el problema no es «cuándo» sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el estar preparados para el encuentro. Y no se trata ni si quiera de saber «cómo» sucederán estas cosas, sino «cómo» debemos comportarnos, hoy, mientras las esperamos. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. La parábola de la higuera que germina, como símbolo del verano ya cercano, (cf. vv. 28-29), dice que la perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Es esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeña de las virtudes, pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene «con gran poder y gloria» (v. 26), que manifiesta su amor crucificado, transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos, será el triunfo de la Cruz; la demostración de que el sacrificio de uno mismo por amor al prójimo y a imitación de Cristo, es el único poder victorioso y el único punto fijo en medio de la confusión y tragedias del mundo.

El Señor Jesús no es sólo el punto de llegada de la peregrinación terrena, sino que es una presencia constante en nuestra vida: siempre está a nuestro lado, siempre nos acompaña; por esto cuando habla del futuro y nos impulsa hacia ese, es siempre para reconducirnos en el presente. Él se contrapone a los falsos profetas, contra los visionarios que prevén la cercanía del fin del mundo y contra el fatalismo. Él está al lado, camina con nosotros, nos quiere. Quiere sustraer a sus discípulos de cada época de la curiosidad por las fechas, las previsiones, los horóscopos, y concentra nuestra atención en el hoy de la historia. Yo tendría ganas de preguntaros —pero no respondáis, cada uno responda interiormente—: ¿cuántos de vosotros leéis el horóscopo del día? Cada uno que se responda.. Y cuando tengas de leer el horóscopo, mira a Jesús, que está contigo. Es mejor, te hará mejor. Esta presencia de Jesús nos llama a la espera y la vigilancia, que excluyen tanto la impaciencia como el adormecimiento, tanto las huidas hacia delante como el permanecer encarcelados en el momento actual y en lo mundano.

También en nuestros días no faltan las calamidades naturales y morales, y tampoco la adversidad y las desgracias de todo tipo. Todo pasa —nos recuerda el Señor—; sólo Él, su Palabra permanece como luz que guía, anima nuestros pasos y nos perdona siempre, porque está al lado nuestro. Sólo es necesario mirarlo y nos cambia el corazón. Que la Virgen María nos ayude a confiar en Jesús, el sólido fundamento de nuestra vida, y a perseverar con alegría en su amor.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:


Deseo expresar mi dolor por los ataques terroristas que en la noche del viernes ensangrentaron Francia, causando numerosas víctimas. Expreso mi más fraterno pésame al presidente de la República Francesa y todos los ciudadanos. Acompaño, de manera especial, a las familias de los que perdieron la vida y los heridos.

Tanta barbarie nos deja consternados y hace preguntarnos cómo el corazón del hombre pueda idear y realizar actos tan horribles, que han asolado no solamente a Francia sino al mundo entero. Ante estos hechos, no se puede no condenar la incalificable afrenta a la dignidad de la persona humana. Deseo volver a afirmar con vigor que el camino de la violencia y del odio no resuelve los problemas de la humanidad, y que utilizar el nombre de Dios para justificar este camino ¡es una blasfemia!

Os invito a uniros a mi oración: confiemos a la misericordia de Dios las víctimas indefensas de esta tragedia. Que la Virgen María, Madre de la misericordia, suscite en los corazones de todos pensamientos de sabiduría y propósitos de paz. A Ella le pedimos que proteja y vele sobre la querida nación francesa, la primera hija de la Iglesia, sobre Europa y sobre todo el mundo. Todos juntos recemos un momento en silencio y después recitamos el Ave María.

[Ave María...]

Ayer, en Três Pontas, en el estado de Minas Gerais en Brasil, fue proclamado beato don Francisco de Paula Victor, sacerdote brasileño de origen africano, hijo de una esclava. Párroco generoso y celoso en la catequesis y en la administración de los sacramentos, se distinguió sobre todo por su gran humildad. Que su extraordinario testimonio sea modelo para muchos sacerdotes, llamados a ser humildes servidores del pueblo de Dios.

Os saludo a todos vosotros, familias, parroquias, asociaciones y fieles, que venís de Italia y de muchas partes del mundo. De manera particular, saludo a los peregrinos provenientes de Granada, Málaga, Valencia y Murcia (España), San Salvador y Malta; a la asociación «Acompañantes santuarios marianos en el mundo» y al instituto secular «Cristo Rey».

A todos os deseo un feliz domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la próxima!


Tomado de la Santa Sede,

11 de noviembre de 2018

¨ Esta ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir ¨

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario 
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 12:38-44)
 
38 Decía también en su instrucción: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, 39 ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; 40 y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa.

41 Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. 42 Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as.


43 Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. 44 Pues todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.
(Aciprensa.com)





S.S Francisco 
Ángelus
11 de Noviembre 2018



Queridos hermanos y hermanas ¡Buenos días! : 

El episodio del Evangelio de hoy (cf. Mc 12, 38-44) cierra la serie de enseñanzas de Jesús en el templo de Jerusalén y enfatiza dos figuras opuestas: el escriba y la viuda . Pero ¿por qué se oponen? El escriba representa a personas importantes, ricas e influyentes; el otro, la viuda, representa lo último, lo pobre, lo débil. En realidad, el juicio resuelto de Jesús hacia los escribas no concierne a toda la categoría, sino que se refiere a aquellos entre ellos que ostentan su posición social, llevan el título de "rabino", es decir, maestro, les encanta ser venerados y ocupar los primeros lugares (ver versos 38-39). Lo que es peor es que su ostentación es sobre todo de naturaleza religiosa, porque oran, dice Jesús, "por mucho tiempo" (v.40) y usan a Dios para ser acreditados como los defensores de su ley. Y esta actitud de superioridad y vanidad los lleva a despreciar a quienes cuentan poco o se encuentran en una posición económica desventajosa, como el caso de las viudas.

Jesús desenmascara este mecanismo perverso: denuncia la opresión de los débiles hecha instrumentalmente sobre la base de motivaciones religiosas, diciendo claramente que Dios está del lado de los últimos. Y para grabar bien esta lección en la mente de los discípulos, les ofrece un ejemplo viviente: una viuda pobre cuya posición social era irrelevante porque carecía de un marido que pudiera defender sus derechos y que, por lo tanto, se convirtió en una presa fácil para un acreedor sin escrúpulos,
porque estos acreedores perseguían a los débiles para que les paguen. Esta mujer, que deposita en el tesoro del templo solo dos monedas, todo lo que le queda, hace su oferta tratando de pasar desapercibida, casi avergonzada. Pero, precisamente en esta humildad, ella realiza un acto cargado de gran significado religioso y espiritual. Ese gesto lleno de sacrificio no escapa a la mirada de Jesús, quien de hecho ve en ella brillar el don total de sí mismo al que quiere educar a sus discípulos.

La enseñanza que Jesús nos ofrece hoy nos ayuda a recuperar lo que es esencial en nuestra vida y fomenta una relación concreta y diaria con Dios. Hermanos y hermanas, las escalas del Señor son diferentes de las nuestras. Él pesa a las personas y sus gestos de manera diferente: Dios no mide la cantidad sino la calidad, busca en el corazón, mira la pureza de las intenciones.
Esto significa que nuestra "entrega" a Dios en oración y a los demás en amor siempre debe alejarse del ritualismo y el formalismo, así como de la lógica de cálculo, y debe ser una expresión de gratuidad, como lo hizo Jesús con nosotros: nos salvó gratis; no nos hizo pagar la redención. Él nos salvó de forma gratuita. Y debemos hacer las cosas como expresión de gratuidad. Es por esto que Jesús indica que la viuda pobre y generosa es un modelo de la vida cristiana para ser imitada. No sabemos el nombre de ella, pero conocemos su corazón, la encontraremos en el Cielo y la saludaremos, seguramente; y eso es lo que cuenta ante Dios. Cuando somos tentados por el deseo de aparecer y de mostrar nuestros gestos de altruismo, cuando estamos demasiado interesados ​​en la mirada de los demás y - permítanme decir - cuando hacemos de "pavos reales", pensemos en esta mujer. Nos hará bien: nos ayudará a deshacernos de lo superfluo para ir a lo que realmente importa, y seguir siendo humildes.

Que la Virgen María, una mujer pobre que se entregó totalmente a Dios, nos sostenga con el propósito de dar al Señor y a nuestros hermanos, no algo de nosotros mismos, sino a nosotros mismos, en una ofrenda humilde y generosa.


Despues del angelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Barcelona, ​​tuvo lugar la beatificación del padre Teodoro Illera del Olmo y quince compañeros mártires. Son trece personas consagradas y tres fieles laicos. La Congregación de San Pedro en Vincoli integraba a nueve religiosos y laicos; tres religiosos eran capuchinos de la Madre del Divino Pastor y una era franciscana del Sagrado Corazón. Estos nuevos beatos fueron asesinados por su fe, en diferentes lugares y fechas, durante la guerra y la persecución religiosa del siglo pasado en España. ¡Alabamos al Señor por estos valientes testigos y aplausos para ellos!

Hoy es el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, que mi predecesor Benedicto XV llamó "masacre inútil". Por este motivo, hoy, a las 13.30, hora italiana, las campanas sonarán en todo el mundo, incluso las de la Basílica de San Pedro. La página histórica de la Primera Guerra Mundial es una advertencia severa para que todos rechacen la cultura de guerra y busquen todos los medios legítimos para poner fin a los conflictos que aún sangran en varias regiones del mundo. Parece que no aprendemos. Mientras oramos por todas las víctimas de esa terrible tragedia, digamos con fuerza: ¡invirtamos en la paz, no en la guerra! Y, como signo emblemático, tomamos el del gran San Martín de Tours, que recordamos hoy: se cortó el manto en dos para compartirlo con un hombre pobre. Este gesto de solidaridad humana indica todo el camino para construir la paz.

El próximo domingo se celebrará el Día Mundial de los Pobres, con muchas iniciativas de evangelización, oración y compartir. Aquí también, en la Plaza San Pietro, se estableció una guarnición de salud que ofrecerá tratamiento a los necesitados durante una semana. Espero que este Día fomente una creciente atención a las necesidades de los últimos, los marginados, los hambrientos.

Les agradezco a todos los que han venido de Roma, de Italia y de muchas partes del mundo. Saludo a los fieles de Mengíbar (España), a los de Barcelona, ​​al grupo del Inmaculado Corazón de María de Brasil y al de la Unión Mundial de Docentes Católicos. Saludo al centro turístico ACLI de Trento, a los fieles de San Benedetto Po ya los confirmadores de Chiuppano. También saludo a los muchos polacos que veo aquí. ¡Hay tantos!

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor no se olviden orar por mi. ¡Buen almuerzo y adiós! 


Tomado de la Santa Sede,

26 de octubre de 2018

« ¡Hijo de David, ten compasión de mí! »

Domingo 30 del Tiempo Ordinario 
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 10:46-52)
 
46 Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. 47 Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!»

48 Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» 49 Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle.» Llaman al ciego, diciéndole: «¡Animo, levántate! Te llama.» 50 Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús.


51 Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?» El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!» 52 Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.
(Aciprensa.com)




S.S Benedicto XVI
Audiencia General
Domingo 29 de octubre de 2006




Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo (Mc 10, 46-52) leemos que, mientras el Señor pasa por las calles de Jericó, un ciego de nombre Bartimeo se dirige a él gritando con fuerte voz: "Hijo de David, ten compasión de mí". Esta oración toca el corazón de Cristo, que se detiene, lo manda llamar y lo cura. El momento decisivo fue el encuentro personal, directo, entre el Señor y aquel hombre que sufría. Se encuentran uno frente al otro: Dios, con su deseo de curar, y el hombre, con su deseo de ser curado. Dos libertades, dos voluntades convergentes: "¿Qué quieres que te haga?", le pregunta el Señor. "Que vea", responde el ciego. "Vete, tu fe te ha curado". Con estas palabras se realiza el milagro. Alegría de Dios, alegría del hombre.

Y Bartimeo, tras recobrar la vista -narra el evangelio- "lo sigue por el camino", es decir, se convierte en su discípulo y sube con el Maestro a Jerusalén para participar con él en el gran misterio de la salvación [su pasión, muerte y resurrección]. Este relato, en sus aspectos fundamentales, evoca el itinerario del catecúmeno hacia el sacramento del bautismo, que en la Iglesia antigua se llamaba también "iluminación".

La fe es un camino de iluminación: parte de la humildad de reconocerse necesitados de salvación y llega al encuentro personal con Cristo, que llama a seguirlo por la senda del amor. Según este modelo se presentan en la Iglesia los itinerarios de iniciación cristiana, que preparan para los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. En los lugares de antigua evangelización, donde se suele bautizar a los niños, se proponen a los jóvenes y a los adultos experiencias de catequesis y espiritualidad que permiten recorrer un camino de redescubrimiento de la fe de modo maduro y consciente, para asumir luego un compromiso coherente de testimonio.

¡Cuán importante es la labor que realizan en este campo los pastores y los catequistas! El redescubrimiento del valor de su bautismo es la base del compromiso misionero de todo cristiano, porque vemos en el Evangelio que quien se deja fascinar por Cristo no puede menos de testimoniar la alegría de seguir sus pasos. En este mes de octubre, dedicado especialmente a la misión, comprendemos mucho mejor que, precisamente en virtud del bautismo, poseemos una vocación misionera connatural.

Invoquemos la intercesión de la Virgen María para que se multipliquen los misioneros del Evangelio.


Que cada bautizado, íntimamente unido al Señor, se sienta llamado a anunciar a todos el amor de Dios con el testimonio de su vida.


* * *

Después del Ángelus

El Papa condena enérgicamente los secuestros de personas

De muchas partes me llegan peticiones para que intervenga en favor de personas que, en diversos países del mundo, son víctimas de secuestros. A la vez que reafirmo la más firme condena de este crimen, aseguro mi recuerdo en la oración por todas las víctimas, así como por sus familiares y amigos. En particular, me uno al apremiante llamamiento que me han dirigido recientemente el arzobispo y la comunidad de Sássari en favor del señor Giovanni Battista Pinna, secuestrado el pasado 14 de septiembre, para que pronto pueda volver a estar con sus seres queridos.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes, así como a los que participan a través de los medios de comunicación en esta oración mariana. Que la fe del ciego Bartimeo, que narra el evangelio de hoy, nos aliente a seguir decididamente a Jesucristo, nuestro Salvador, poniendo en él toda nuestra confianza. ¡Feliz domingo!

(En italiano)
Saludo ahora a los jóvenes delegados de las regiones italianas, reunidos durante estos días en Roma para la puesta en práctica del proyecto trienal de la Iglesia italiana denominado "Agorá de los jóvenes". Queridos amigos, bendigo vuestro camino y os espero en gran número para el gran encuentro de los jóvenes italianos programado para los días 1 y 2 de septiembre de 2007 en Loreto. Allí nos veremos. En ese amado santuario mariano viviremos juntos un momento de gracia, con la alegría de la fe y la perspectiva de la misión, también como preparación para la Jornada mundial de la juventud que se celebrará en Sydney en el año 2008.


Tomado de la Santa Sede,

12 de octubre de 2018

«Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.»


Domingo 28 del Tiempo Ordinario
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 10:17-30)

17 Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» 18 Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. 19 Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» 20 El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» 21 Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» 22 Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 23 Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» 24 Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! 25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.» 26 Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» 27 Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.»  (Aciprensa.com)



S.S Benedicto XVI
Ángelus
14 de octubre de 2012 


Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo (Mc 10, 17-30) tiene como tema principal el de la riqueza. Jesús enseña que para un rico es muy difícil entrar en el Reino de Dios, pero no imposible; en efecto, Dios puede conquistar el corazón de una persona que posee muchos bienes e impulsarla a la solidaridad y a compartir con quien está necesitado, con los pobres, para entrar en la lógica del don.
De este modo aquella se sitúa en el camino de Jesús, quien —como escribe el apóstol Pablo— «siendo rico se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9). Como sucede a menudo en los evangelios, todo empieza con un encuentro: el de Jesús con uno que «era muy rico» (Mc 10, 22). Se trataba de una persona que desde su juventud observaba fielmente todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero todavía no había encontrado la verdadera felicidad; y por ello pregunta a Jesús qué hacer para «heredar la vida eterna» (v. 17). Por un lado es atraído, como todos, por la plenitud de la vida; por otro, estando acostumbrado a contar con las propias riquezas, piensa que también la vida eterna se puede «comprar» de algún modo, tal vez observando un mandamiento especial. Jesús percibe el deseo profundo que hay en esa persona y —apunta el evangelista— fija en él una mirada llena de amor: la mirada de Dios (cfr. v. 21). Pero Jesús comprende igualmente cuál es el punto débil de aquel hombre: es precisamente su apego a sus muchos bienes; y por ello le propone que dé todo a los pobres, de forma que su tesoro —y por lo tanto su corazón— ya no esté en la tierra, sino en el cielo, y añade: «¡Ven! ¡Sígueme!» (v. 22). Y aquél, sin embargo, en lugar de acoger con alegría la invitación de Jesús, se marchó triste (cf. v. 23) porque no consigue desprenderse de sus riquezas, que jamás podrán darle la felicidad ni la vida eterna.

Es en este momento cuando Jesús da a sus discípulos —y también a nosotros hoy— su enseñanza: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!» (v. 23). Ante estas palabras, los discípulos quedaron desconcertados; y más aún cuando Jesús añadió: «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios». Pero al verlos atónitos, dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo» (cf. vv. 24-27). Comenta san Clemente de Alejandría: «La parábola enseña a los ricos que no deben descuidar la salvación como si estuvieran ya condenados, ni deben arrojar al mar la riqueza ni condenarla como insidiosa y hostil a la vida, sino que deben aprender cómo utilizarla y obtener la vida» (¿Qué rico se salvará? 27, 1-2). La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de personas ricas que utilizaron sus propios bienes de modo evangélico, alcanzando también la santidad. Pensemos en san Francisco, santa Isabel de Hungría o san Carlos Borromeo. Que la Virgen María, Trono de la Sabiduría, nos ayude a acoger con alegría la invitación de Jesús para entrar en la plenitud de la vida.

Después del Ángelus

Ayer, en Praga, fueron proclamados beatos Federico Bachstein y trece hermanos de la Orden de los Frailes Menores, asesinados en 1611 a causa de su fe. Son los primeros beatos del Año de la fe, y son mártires: nos recuerdan que creer en Cristo significa estar dispuestos también a sufrir con Él y por Él.

(En español)

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. La liturgia de la Palabra de este domingo nos pide una adhesión incondicional a la persona de Jesucristo, de modo que, superando el mero cumplimiento externo y formal del precepto divino, seamos capaces de poner nuestro corazón en el Único que da la vida. Que la Santísima Virgen, Sede de la Sabiduría, nos ayude a acoger el don de la fe, para que, abandonados en el amor de Dios, respondamos con generosidad a su llamada. Feliz domingo.

6 de octubre de 2018

«No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude» (Gn 2,18).


Domingo 27 del Tiempo Ordinario
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 10:2-12)

2 Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?» 3 El les respondió: ¿Qué os prescribió Moisés?» 4 Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.» 5 Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. 6 Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. 7 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, 8 y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. 9 Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.» 10 Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. 11 El les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; 12 y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.»  
(Aciprensa.com)



S.S Francisco 
Santa Misa De Apertura De La XIV Asamblea General Ordinaria Del Sínodo De Los Obispos
4 de octubre de 2015


«Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros su amor ha llegado en nosotros a su plenitud» (1 Jn 4,12).

Las lecturas bíblicas de este domingo parecen elegidas a propósito para el acontecimiento de gracia que la Iglesia está viviendo, es decir, la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema de la familia que se inaugura con esta celebración eucarística.

Dichas lecturas se centran en tres aspectos: el drama de la soledad, el amor entre el hombre y la mujer, y la familia.

La soledad

Adán, como leemos en la primera lectura, vivía en el Paraíso, ponía los nombres a las demás creaturas, ejerciendo un dominio que demuestra su indiscutible e incomparable superioridad, pero aun así se sentía solo, porque «no encontraba ninguno como él que lo ayudase» (Gn 2,20) y experimentaba la soledad.

La soledad, el drama que aún aflige a muchos hombres y mujeres. Pienso en los ancianos abandonados incluso por sus seres queridos y sus propios hijos; en los viudos y viudas; en tantos hombres y mujeres dejados por su propia esposa y por su propio marido; en tantas personas que de hecho se sienten solas, no comprendidas y no escuchadas; en los emigrantes y los refugiados que huyen de la guerra y la persecución; y en tantos jóvenes víctimas de la cultura del consumo, del usar y tirar, y de la cultura del descarte.

Hoy se vive la paradoja de un mundo globalizado en el que vemos tantas casas de lujo y edificios de gran altura, pero cada vez menos calor de hogar y de familia;
muchos proyectos ambiciosos, pero poco tiempo para vivir lo que se ha logrado; tantos medios sofisticados de diversión, pero cada vez más un profundo vacío en el corazón; muchos placeres, pero poco amor; tanta libertad, pero poca autonomía… Son cada vez más las personas que se sienten solas, y las que se encierran en el egoísmo, en la melancolía, en la violencia destructiva y en la esclavitud del placer y del dios dinero.

Hoy vivimos en cierto sentido la misma experiencia de Adán: tanto poder acompañado de tanta soledad y vulnerabilidad; y la familia es su imagen. Cada vez menos seriedad en llevar adelante una relación sólida y fecunda de amor: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las buena y en la mala suerte. El amor duradero, fiel, recto, estable, fértil es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son precisamente las que tienen el porcentaje más bajo de tasa de natalidad y el mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social.

El amor entre el hombre y la mujer


Leemos en la primera lectura que el corazón de Dios se entristeció al ver la soledad de Adán y dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude» (Gn 2,18). Estas palabras muestran que nada hace más feliz al hombre que un corazón que se asemeje a él, que le corresponda, que lo ame y que acabe con la soledad y el sentirse solo. Muestran también que Dios no ha creado al ser humano para vivir en la tristeza o para estar solo, sino para la felicidad, para compartir su camino con otra persona que le sea complementaria; para vivir la extraordinaria experiencia del amor: es decir de amar y ser amado; y para ver su amor fecundo en los hijos, como dice el salmo que se ha proclamado hoy (cf. Sal 128).

Este es el sueño de Dios para su criatura predilecta: verla realizada en la unión de amor entre hombre y mujer; feliz en el camino común, fecunda en la donación reciproca. Es el mismo designio que Jesús resume en el Evangelio de hoy con estas palabras: «Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne» (Mc 10,6-8; cf. Gn 1,27; 2,24).

Jesús, ante la pregunta retórica que le habían dirigido – probablemente como una trampa, para hacerlo quedar mal ante la multitud que lo seguía y que practicaba el divorcio, como realidad consolidada e intangible-, responde de forma sencilla e inesperada: restituye todo al origen, al origen de la creación, para enseñarnos que Dios bendice el amor humano, es él el que une los corazones de un hombre y una mujer que se aman y los une en la unidad y en la indisolubilidad. Esto significa que el objetivo de la vida conyugal no es sólo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y originante.

La familia

«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10,9). Es una exhortación a los creyentes a superar toda forma de individualismo y de legalismo, que esconde un mezquino egoísmo y el miedo de aceptar el significado autentico de la pareja y de la sexualidad humana en el plan de Dios.

De hecho, sólo a la luz de la locura de la gratuidad del amor pascual de Jesús será comprensible la locura de la gratuidad de un amor conyugal único y usque ad mortem. [hasta la muerte].

Para Dios, el matrimonio no es una utopía de adolescente, sino un sueño sin el cual su creatura estará destinada a la soledad. En efecto el miedo de unirse a este proyecto paraliza el corazón humano.

Paradójicamente también el hombre de hoy –que con frecuencia ridiculiza este plan– permanece atraído y fascinado por todo amor auténtico, por todo amor sólido, por todo amor fecundo, por todo amor fiel y perpetuo. Lo vemos ir tras los amores temporales, pero sueña el amor autentico; corre tras los placeres de la carne, pero desea la entrega total.

En efecto «ahora que hemos probado plenamente las promesas de la libertad ilimitada, empezamos a entender de nuevo la expresión “la tristeza de este mundo”. Los placeres prohibidos perdieron su atractivo cuando han dejado de ser prohibidos. Aunque tiendan a lo extremo y se renueven al infinito, resultan insípidos porque son cosas finitas, y nosotros, en cambio, tenemos sed de infinito» (Joseph Ratzinger, Auf Christus schauen. Einübung in Glaube, Hoffnung, Liebe, Freiburg 1989, p. 73).

En este contexto social y matrimonial bastante difícil, la Iglesia está llamada a vivir su misión en la fidelidad, en la verdad y en la caridad.

Vive su misión en la fidelidad a su Maestro como voz que grita en el desierto, para defender el amor fiel y animar a las numerosas familias que viven su matrimonio como un espacio en el cual se manifiestan el amor divino; para defender la sacralidad de la vida, de toda vida; para defender la unidad y la indisolubilidad del vinculo conyugal como signo de la gracia de Dios y de la capacidad del hombre de amar en serio.

Vivir su misión en la verdad que no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes. La verdad que protege al hombre y a la humanidad de las tentaciones de autoreferencialidad y de transformar el amor fecundo en egoísmo estéril, la unión fiel en vinculo temporal. «Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad» (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 3).

Y la Iglesia está llamada a vivir su misión en la caridad que no señala con el dedo para juzgar a los demás, sino que –fiel a su naturaleza como madre – se siente en el deber de buscar y curar a las parejas heridas con el aceite de la acogida y de la misericordia; de ser «hospital de campo», con las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo; aún más, de salir del propio recinto hacia los demás con amor verdadero, para caminar con la humanidad herida, para incluirla y conducirla a la fuente de salvación.

Una Iglesia que enseña y defiende los valores fundamentales,
sin olvidar que «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27); y que Jesús también dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores» (Mc 2,17). Una Iglesia que educa al amor auténtico, capaz de alejar de la soledad, sin olvidar su misión de buen samaritano de la humanidad herida.

Recuerdo a san Juan Pablo II cuando decía: «El error y el mal deben ser condenados y combatidos constantemente; pero el hombre que cae o se equivoca debe ser comprendido y amado […] Nosotros debemos amar nuestro tiempo y ayudar al hombre de nuestro tiempo.» (Discurso a la Acción Católica italiana, 30 diciembre 1978, 2 c: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 21 enero 1979, p.9). Y la Iglesia debe buscarlo, acogerlo y acompañarlo, porque una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera: «El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hb 2,11).

Con este espíritu, le pedimos al Señor que nos acompañe en el Sínodo y que guíe a su Iglesia a través de la intercesión de la Santísima Virgen María y de San José, su castísimo esposo.


Tomado de la Santa Sede,
La edición y el subrayado son nuestros

28 de septiembre de 2018

¨Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar¨


Domingo 26 del Tiempo Ordinario
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 9:38-43, 45, 47-48)


38 Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.»

41 «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa.» 42 «Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. 43 Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. 45 Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. 47 Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, 48 donde su gusano no muere y el fuego no se apaga;  
(Aciprensa.com)



S.S Francisco

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

El escándalo de la incoherencia

Jueves 27 de febrero de 2014



Los cristianos incoherentes suscitan escándalo porque dan un antitestimonio a quien no cree. Precisamente al tema de la coherencia cristiana, sugerido por la administración del sacramento de la Confirmación, el Papa Francisco dedicó la homilía en la misa del 27 de febrero. «Ser cristiano —aclaró el Papa— significa dar testimonio de Jesucristo».

El Pontífice delineó después el perfil espiritual del cristiano, indicando precisamente en la coherencia su elemento central. En todas las cosas de la vida, dijo, es necesario «pensar como cristiano, sentir como cristiano y actuar como cristiano». Ésta es «la coherencia de vida de un cristiano que, cuando actúa, siente y piensa», reconoce la presencia del Señor.

El Papa también puso en guardia del hecho que «si falta una de estas» características, «no existe el cristiano». Por lo demás, «uno también puede decir: yo soy cristiano». Pero «si tú no vives como cristiano, si no actúas como cristiano, si no piensas como cristiano y no sientes como cristiano, hay algo que no está bien. Hay una cierta incoherencia». Todos nosotros cristianos, observó el Pontífice, «estamos llamados a dar testimonio de Jesucristo». En cambio, los cristianos que «viven ordinaria y comúnmente, con incoherencia, hacen mucho mal».

A ellos se refiere expresamente el apóstol Santiago en su carta leída en la liturgia del día (5, 1-6). Reprocha directamente «a algunos incoherentes que se enorgullecían de ser cristianos, pero explotaban a sus obreros».

«Es fuerte el Señor», comentó el Papa después de haber releído el texto de Santiago. Tan fuerte que «si uno escucha» estas palabras, «puede pensar que las pronunció un comunista. No, no —precisó el Pontífice—, las dijo el apóstol Santiago: es palabra del Señor». El problema, pues, es «la incoherencia», y «los cristianos que no son coherentes, dan escándalo».

El Pontífice, refiriéndose al pasaje evangélico de Marcos (9, 41-50) leído en la liturgia, recordó que Jesús habló con fuerza contra el escándalo y «dijo: “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen —uno solo de estos hermanos y hermanas que tienen fe—, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y le echasen al mar”». En verdad, explicó el Papa, «el cristiano incoherente hace mucho mal», y la imagen fuerte usada por Jesús es muy elocuente. Por lo tanto, prosiguió, «la vida del cristiano está en la senda de la coherencia», pero también tiene que vérselas «con la tentación de no ser coherente y de dar tanto escándalo. Y el escándalo mata».

Las consecuencias, además, saltan a la vista. Todos los cristianos, comentó el Papa, han oído decir: «Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia, porque vosotros cristianos decís una cosa y hacéis otra». Son palabras que «todos hemos escuchado: yo creo en Dios, pero no en vosotros». Y esto sucede «por la incoherencia» de los cristianos, explicó el Papa.

Afirmó después que las dos lecturas del día nos ayudan «a rezar por la coherencia cristiana, para actuar, sentir y pensar como cristianos». Y «para vivir con coherencia cristiana —reafirmó— es necesaria la oración, porque la coherencia cristiana es un don de Dios». Es un don que debemos esforzarnos por pedir, diciendo: «Señor, que yo sea coherente. Señor, que no escandalice nunca. Que sea una persona que piense como cristiano, que sienta como cristiano, que actúe como cristiano». Y «ésta —dijo el Papa— es la oración de hoy para todos nosotros: tenemos necesidad de coherencia».


Significativo fue el ejemplo práctico que sugirió: «Si te encuentras ante un ateo que te dice que no cree en Dios, puedes leerle toda una biblioteca donde se dice que Dios existe, y aunque se pruebe que Dios existe, él no tendrá fe». Pero, prosiguió el Papa, «si delante de este ateo das testimonio de coherencia y de vida cristiana, algo comenzará a trabajar en su corazón». Y «será precisamente tu testimonio el que le creará la inquietud sobre la cual trabajará el Espíritu Santo».

El Papa Francisco recordó que «todos nosotros, toda la Iglesia», debemos pedir al Señor «la gracia de ser coherentes», reconociéndonos pecadores, débiles, incoherentes, pero siempre dispuestos a pedir perdón a Dios.

Se trata de «ir adelante en la vida con coherencia cristiana», dando testimonio de que creemos en Jesucristo y sabiendo que somos pecadores. Pero con «la valentía de pedir perdón cuando nos equivocamos» y «teniendo mucho miedo de escandalizar». Y que «el Señor —fue el deseo conclusivo del Papa— nos conceda esta gracia a todos nosotros».


Tomado de la Santa Sede
La edición y el subrayado son nuestros

21 de septiembre de 2018

«El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.»



Domingo 25 del Tiempo Ordinario 
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 9: 30 - 37) 

30 Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, 31 porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.» 32 Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

33 Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?» 34 Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. 35 Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» 36 Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: 37 «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.»
(Aciprensa.com)




S.S Francisco
Audiencia General
Miércoles, 18 de marzo de 2015



Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

Después de haber pasado revista a las diversas figuras de la vida familiar —madre, padre, hijos, hermanos, abuelos—, quisiera concluir este primer grupo de catequesis sobre la familia hablando de los niños. Lo haré en dos momentos: hoy me centraré en el gran don que son los niños para la humanidad —es verdad, son un gran don para la humanidad, pero son también los grandes excluidos porque ni siquiera les dejan nacer— y próximamente me detendré en algunas heridas que lamentablemente hacen mal a la infancia. Me vienen a la mente muchos niños con los que me he encontrado durante mi último viaje a Asia: llenos de vida y entusiasmo, y, por otra parte, veo que en el mundo muchos de ellos viven en condiciones no dignas... En efecto, del modo en el que son tratados los niños se puede juzgar a la sociedad, pero no sólo moralmente, también sociológicamente, si se trata de una sociedad libre o una sociedad esclava de intereses internacionales.

En primer lugar, los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás.
Y el Hijo de Dios no se ahorró este paso. Es el misterio que contemplamos cada año en Navidad. El belén es el icono que nos comunica esta realidad del modo más sencillo y directo. Pero es curioso: Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas para comprender a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bonitas y fuertes de Jesús sobre los «pequeños». Este término «pequeños» se refiere a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en especial a los niños. Por ejemplo Jesús dice: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25). Y dice también: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18, 10).

Por lo tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos necesitamos ayuda, amor y perdón.


Los niños nos recuerdan otra cosa hermosa, nos recuerdan que somos siempre hijos: incluso cuando se llega a la edad de adulto, o anciano, también si se convierte en padre, si ocupa un sitio de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos. Y esto nos reconduce siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros mismos sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que nos ha sido dado. A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuésemos nosotros los dueños de nuestra existencia y, en cambio, somos radicalmente dependientes. En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos. Este es el principal mensaje que nos dan los niños con su presencia misma: sólo con ella nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos hijos.

Y son numerosos los dones, muchas las riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré sólo algunos:

Portan su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en el papá y en la mamá; y tiene una confianza natural en Dios, en Jesús, en la Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, aún no está contaminada por la malicia, la doblez, las «incrustaciones» de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, sus egoísmos, pero conservan una pureza y una sencillez interior. Pero los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente. Y muchas veces ponen en dificultad a los padres, manifestando delante de otras personas: «Esto no me gusta porque es feo». Pero los niños dicen lo que ven, no son personas dobles, no han cultivado aún esa ciencia de la doblez que nosotros adultos lamentablemente hemos aprendido.

Los niños —en su sencillez interior— llevan consigo, además, la capacidad de recibir y dar ternura. Ternura es tener un corazón «de carne» y no «de piedra», come dice la Biblia (cf. Ez 36, 26). La ternura es también poesía: es «sentir» las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos, porque sirven...

Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos, cuando los tomo para abrazarlos, sonríen; otros me ven vestido de blanco y creen que soy el médico y que vengo a vacunarlos, y lloran... pero espontáneamente. Los niños son así: sonríen y lloran, dos cosas que en nosotros, los grandes, a menudo «se bloquean», ya no somos capaces... Muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de cartón, algo sin vida, una sonrisa que no es alegre, incluso una sonrisa artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente. Depende siempre del corazón, y con frecuencia nuestro corazón se bloquea y pierde esta capacidad de sonreír, de llorar. Entonces, los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y a llorar. Pero, nosotros mismos, tenemos que preguntarnos: ¿sonrío espontáneamente, con naturalidad, con amor, o mi sonrisa es artificial? ¿Todavía lloro o he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

Por todos estos motivos Jesús invita a sus discípulos a «hacerse como niños», porque «de los que son como ellos es el reino de Dios» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14).

Queridos hermanos y hermanas, los niños traen vida, alegría, esperanza, incluso complicaciones. Pero la vida es así. Ciertamente causan también preocupaciones y a veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con estas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris porque se quedó sin niños.
Y cuando vemos que el número de nacimientos de una sociedad llega apenas al uno por ciento, podemos decir que esta sociedad es triste, es gris, porque se ha quedado sin niños.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España, México, Perú, Argentina, Uruguay. Hermanos y hermanas, los niños dan vida, alegría, esperanza. Dan también preocupaciones y a veces dan problemas, pero es mejor así que una sociedad triste y gris porque se ha quedado sin niños, o no quieren a los niños. Pidamos que Jesús los bendiga y la Virgen los cuide. Muchas gracias.

(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)

Mañana celebraremos la solemnidad de san José, patrono de la Iglesia universal. Queridos jóvenes, miradlo a él como ejemplo de vida humilde y discreta; queridos enfermos, llevad la cruz con la actitud del silencio y la oración del padre putativo de Jesús; y vosotros, queridos recién casados, construid vuestra familia en el mismo amor que unió a José y a la Virgen María.

Tomado de la Santa Sede
La edición y el subrayado son nuestros

13 de septiembre de 2018

¨«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará¨


Domingo 24 del Tiempo Ordinario 
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 8: 27 - 35) 


27 Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
28 Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas.» 29 Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.»


30 Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. 31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. 32 Hablaba de esto abiertamente.Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. 


33 Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»

34 Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 35 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
» (Aciprensa.com)



S.S Francisco
Ángelus
Domingo, 13 de setiembre de 2015



Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que, en camino hacia Cesarea de Filipo, interroga a los discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc 8, 27). Ellos respondieron lo que decía la gente: algunos lo consideran Juan el Bautista, otros Elías o uno de los grandes profetas. La gente apreciaba a Jesús, lo consideraba un «enviado de Dios», pero no lograba aún reconocerlo como el Mesías, el Mesías preanunciado y esperado por todos. Jesús mira a los apóstoles y pregunta una vez más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 29). Esta es la pregunta más importante, con la que Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar su fe. Pedro, en nombre de todos, exclama con naturalidad: «Tú eres el Mesías» (v. 29). Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia, de una gracia especial de Dios Padre. Y entonces revela abiertamente a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, es decir, que “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho… ser ejecutado y resucitar a los tres días» (v. 31).

Al escuchar esto, el mismo Pedro, que acaba de profesar su fe en Jesús como Mesías, se escandaliza. Llama aparte al Maestro y lo reprende Y, ¿cómo reacciona Jesús? A su vez increpa a Pedro por esto, con palabras muy severas: «¡Aléjate de mí, Satanás!» —le dice Satanás— «tú piensas como los hombres, no como Dios» (v. 33). Jesús se da cuenta de que en Pedro, como en los demás discípulos —¡también en cada uno de nosotros!— a la gracia del Padre se opone la tentación del Maligno, que quiere apartarnos de la voluntad de Dios. Anunciando que deberá sufrir y ser condenado a muerte para después resucitar, Jesús quiere hacer comprender a quienes lo siguen que Él es un Mesías humilde y servidor. Él es el Siervo obediente a la palabra y a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio completo de su propia vida. Por esto, dirigiéndose a toda la multitud que estaba allí, declara que quien quiere ser su discípulo debe aceptar ser siervo, como Él se ha hecho siervo, y advierte: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (v. 34).

Seguir a Jesús significa tomar la propia cruz —todos la tenemos…— para acompañarlo en su camino, un camino incómodo que no es el del éxito, de la gloria pasajera, sino el que conduce a la verdadera libertad, que nos libera del egoísmo y del pecado. Se trata de realizar un neto rechazo de esa mentalidad mundana que pone el propio «yo» y los propios intereses en el centro de la existencia: ¡eso no es lo que Jesús quiere de nosotros! Por el contrario, Jesús nos invita a perder la propia vida por Él, por el Evangelio, para recibirla renovada, realizada, y auténtica. Podemos estar seguros, gracias a Jesús, que este camino lleva, al final, a la resurrección, a la vida plena y definitiva con Dios. Decidir seguirlo a Él, nuestro Maestro y Señor que se ha hecho Siervo de todos, exige caminar detrás de Él y escucharlo atentamente en su Palabra —acordaos de leer todos los días un pasaje del Evangelio— y en los Sacramentos.

Hay jóvenes aquí, en la plaza: chicos y chicas. Yo os pregunto: ¿habéis sentido ganas de seguir a Jesús más de cerca? Pensad. Rezad. Y dejad que el Señor os hable.

Que la Virgen María, que ha seguido a Jesús hasta el Calvario, nos ayude a purificar siempre nuestra fe de falsas imágenes de Dios, para adherirnos plenamente a Cristo y a su Evangelio.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en Sudáfrica proclaman beato a Samuel Benedict Daswa, padre de familia, asesinado en 1990 —hace apenas 25 años— por su fidelidad al evangelio. En su vida demostró siempre gran coherencia, asumiendo con valentía coraje actitudes cristianas y rechazando costumbres mundanas y paganas. Que su testimonio ayude especialmente a las familias a difundir la verdad y la caridad de Cristo. Y su testimonio se une al testimonio de muchos hermanos y hermanas nuestros, jóvenes, ancianos, chicos, niños perseguidos, expulsados, asesinados por confesar a Jesucristo. A todos estos mártires, a Samuel Benedict Daswa y a todos ellos, les agradecemos por su testimonio y les pedimos que intercedan por nosotros.

Saludo con cariño a todos los aquí presentes, romanos y peregrinos provenientes de diversos países: familias, grupos parroquiales y asociaciones. Saludo a los fieles de las diócesis de Friburgo, a la asociación «El árbol de Zaqueo» de Aosta, a los fieles de Corte Franca y Orzinuovi, a la Acción Católica «Ragazzi di Alpago» y al grupo de motociclistas de Rávena.

Saludo a los profesores precarios que han venido desde Cerdeña y deseo que los problemas del mundo del trabajo sean afrontados teniendo concretamente en cuenta a la familia y sus exigencias.

A todos os deseo un buen domingo. Y, por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo e hasta pronto!


Tomado de la Santa Sede
La edición y el subrayado son nuestros

8 de septiembre de 2018

¨Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente¨


Domingo 23 del Tiempo Ordinario 
Del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 7: 31 - 37) 

31 Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. 32 Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él.

33 El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. 34 Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!» 35 Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.


36 Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. 37 Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
(Aciprensa.com)



S.S Francisco
Ángelus
Domingo, 6 de setiembre de 2015



Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

El Evangelio de hoy (Mc 7, 31-37) relata la curación de un sordomudo por parte de Jesús, un acontecimiento prodigioso que muestra cómo Jesús restablece la plena comunicación del hombre con Dios y con los otros hombres. El milagro está ambientado en la zona de la Decápolis, es decir, en pleno territorio pagano; por lo tanto, ese sordomudo que es llevado ante Jesús se transforma en el símbolo del no-creyente que cumple un camino hacia la fe. En efecto, su sordera expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no sólo las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios. Y san Pablo nos recuerda que «la fe nace del mensaje que se escucha» (Rm 10, 17).

La primera cosa que Jesús hace es llevar a ese hombre lejos de la multitud: no quiere dar publicidad al gesto que va a realizar, pero no quiere tampoco que su palabra sea cubierta por la confusión de las voces y de las habladurías del entorno. La Palabra de Dios que Cristo nos transmite necesita silencio para ser acogida como Palabra que sana, que reconcilia y restablece la comunicación.

Se evidencian después dos gestos de Jesús. Él toca las orejas y la lengua del sordomudo. Para restablecer la relación con ese hombre «bloqueado» en la comunicación, busca primero restablecer el contacto. Pero el milagro es un don que viene de lo alto, que Jesús implora al Padre; por eso, eleva los ojos al cielo y ordena: «¡Ábrete!». Y los oídos del sordo se abren, se desata el nudo de su lengua y comienza a hablar correctamente (cf. v. 35). La enseñanza que sacamos de este episodio es que Dios no está cerrado en sí mismo, sino que se abre y se pone en comunicación con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera el abismo de la infinita diferencia entre Él y nosotros, y sale a nuestro encuentro. Para realizar esta comunicación con el hombre, Dios se hace hombre: no le basta hablarnos a través de la ley y de los profetas, sino que se hace presente en la persona de su Hijo, la Palabra hecha carne. Jesús es el gran «constructor de puentes» que construye en sí mismo el gran puente de la comunión plena con el Padre.

Pero este Evangelio nos habla también de nosotros: a menudo nosotros estamos replegados y encerrados en nosotros mismos, y creamos muchas islas inaccesibles e inhóspitas. Incluso las relaciones humanas más elementales a veces crean realidades incapaces de apertura recíproca: la pareja cerrada, la familia cerrada, el grupo cerrado, la parroquia cerrada, la patria cerrada… Y esto no es de Dios. Esto es nuestro, es nuestro pecado.

Sin embargo, en el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están precisamente aquel gesto y aquella palabra de Jesús: «¡Effatá! – ¡Ábrete!». Y el milagro se cumplió: hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados en la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo.

Pidamos a la Virgen santa, mujer de la escucha y del testimonio alegre, que nos sostenga en el compromiso de profesar nuestra fe y de comunicar las maravillas del Señor a quienes encontramos en nuestro camino.

LLAMAMIENTO

Queridos hermanos y hermanas:

La Misericordia de Dios se reconoce a través de nuestras obras, como nos ha testimoniado la vida de la beata Madre Teresa de Calcuta, de la que ayer hemos recordado el aniversario de su muerte.

Ante la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte por la guerra y el hambre, y están en camino hacia una esperanza de vida, el Evangelio nos llama a ser «prójimos» de los más pequeños y abandonados. A darles una esperanza concreta. No vale decir sólo: «¡Ánimo, paciencia!...». La esperanza cristiana es combativa, con la tenacidad de quien va hacia una meta segura.

Por lo tanto, ante la proximidad del Jubileo de la misericordia, hago un llamamiento a las parroquias, a las comunidades religiosas, a los monasterios y a los santuarios de toda Europa para que expresen la realidad concreta del Evangelio y acojan a una familia de refugiados. Un gesto preciso en preparación del Año santo de la misericordia.

Que cada parroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, cada santuario de Europa acoja a una familia, comenzando por mi diócesis de Roma.

Me dirijo a mis hermanos obispos de Europa, verdaderos pastores, para que en sus diócesis apoyen mi llamamiento, recordando que Misericordia es el segundo nombre del Amor: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

También las dos parroquias del Vaticano acogerán en los próximos días a dos familias de refugiados.

Después del Ángelus

Ahora diré unas palabras en español sobre la situación entre Venezuela y Colombia. En estos días, los obispos de Venezuela y Colombia se han reunido para examinar juntos la dolorosa situación que se ha creado en la frontera entre ambos países. Veo en este encuentro un claro signo de esperanza. Invito a todos, en particular a los amados pueblos venezolano y colombiano, a rezar para que, con un espíritu de solidaridad y fraternidad, se puedan superar las actuales dificultades.

Ayer en Gerona, en España, fueron proclamadas beatas Fidela Oller, Josefa Monrabal y Facunda Margenat, hermanas del instituto de Religiosas de San José de Gerona, asesinadas por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. A pesar de las amenazas y las intimidaciones, estas mujeres permanecieron valientemente en su lugar para asistir a los enfermos, confiando en Dios. Que su heroico testimonio, hasta la efusión de la sangre, conceda fortaleza y esperanza a cuantos hoy son perseguidos por su fe cristiana. Y sabemos que son muchos.

Hace dos días se inauguraron en Brazaville, capital de la República del Congo los undécimos Juegos Africanos, en los que participan miles de atletas de todo el continente. Deseo que esta gran fiesta del deporte contribuya a la paz, a la fraternidad y al desarrollo de todos los países de África. Saludemos a los africanos que están participando en estos undécimos Juegos.

Saludo cordialmente a todos vosotros, queridos peregrinos venidos de Italia y de varios países; en particular, al coro «Harmonia Nova» de Molvena, a las Hermanas Hijas de la Cruz, a los fieles de San Martino Buon Albergo y Caldogno, y a los jóvenes de la diócesis de Ivrea, que han llegado a Roma a pie por la Vía Francígena.

A todos os deseo un feliz domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!


Tomado de la Santa Sede
La edición y el subrayado son nuestros