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22 de julio de 2012

Jesús es El Buen Pastor y nosotros sus ovejas


Buen día en el Señor,  en el capítulo 6º de Marcos muestra un enorme contraste. Por un lado Marcos habla del banquete de la muerte, promovido por Herodes con las autoridades de Galilea, y es asesinado Juan el Bautista (Mc 6,17-29). Por otro lado, el banquete de la vida, promovido por Jesús para la gente de Galilea, muerta de hambre en el desierto, para que no perecieran en el camino (Mc 6,35-44). Este pasaje está colocado exactamente entre estos dos banquetes. Pues ocurre cuando los discípulos han regresado de la misión que han realizado por parejas en diversas zonas y es antes del milagro de la multiplicación de los panes en el desierto. (Mc 6,34-44). 
En el Evangelio de hoy (Marcos 6,30-34), se cumple en Jesús la profecía de Jeremías (Jeremías. 23, 1- 6) en el que Yavhé nos dice; ¨Mirad que días vienen en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra¨. 

Jesús El Buen Pastor . Jesús desea descansar con sus discípulos después de una larga jornada de evangelización en la que no tenían tiempo ni para comer. Pero al llegar al lugar una multitud los espera Jesús no se irrita por no poder descansar como quería. Revela Su corazón de pastor: ¨Se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarle muchas cosas¨. Jesús sabe que El, como también sus discípulos, necesitan comer y descansar. Por lo tanto es necesario designar tiempo para eso, pero Jesús les enseña que aun estas cosas no deben jamás convertirse en lo primero. Hay que estar dispuesto a posponer aun comida y descanso cuando el amor lo requiere. Para Jesús lo primero y la razón de todo lo demás es el Amor al Padre y a todo hombre. En el Amor se resume toda la ley. El amor está dispuesto al sacrificio. 

Cuando nuestras necesidades, nuestra privacidad y nuestras rutinas nos dominan, se empobrece nuestra capacidad de amar. Jesús les habla de "muchas cosas" referentes al Reino. Ellos aprenden que son hijos amados de Dios y como tales capaces de una vida nueva. Jesús no posterga la enseñanza sobre el Reino de Dios para cuando tengan el estómago lleno. Les da de comer después. Así les enseña a buscar primero el Reino y su justicia (Mt 6,33) 

Las buenas ovejas. Si bien las lecturas de hoy nos enseñan la virtud del buen pastor, también enseña la virtud de las buenas ovejas. La gente era despreciada por escribas y fariseos. Abusadas por los romanos. Pero descubrieron que Jesús les amaba. La gente no vino por el pan para el estómago sino por el pan de la Palabra. El milagro de los panes es posterior. Hicieron un gran esfuerzo por estar con Jesús. Fueron a donde Jesús con diligencia. Para saber donde iba, estarían atentos a la dirección de la barca. Allí llegaron ellos primero. Muchas veces nos quejamos de los pastores. Pero, ¿que hacemos para crecer en la fe y servir en la Iglesia? En la vida de los santos descubrimos con frecuencia las grandes dificultades que tuvieron con sus pastores, sin embargo ellos perseveraron y dieron mucho fruto. No todos los santos llegaron a ser pastores pero todos si fueron buenas ovejas. 

En el día de hoy, empecemos a ser esas buenas ovejas que se dejan guiar y alimentar por el Señor. 

Que la Misericordia y la confianza en el Señor no les falte.

Gracias


Más informacion en:
La página de Las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María.

Del Santo Evangelio Según San Marcos 6,30-34 

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: "Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco." Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. (Aciprensa.com)

Meditación del P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Como ya les indiqué, tras el fracaso de la visita a Nazaret, Jesús se dedica de modo especial a la preparación personal de sus discípulos. Durará este periodo algo más de un año. Este evangelio sucede cuando los discípulos han regresado de la misión que han realizado por parejas en diversas zonas. La comentamos el pasado domingo. El Espíritu del Señor les ha acompañado y vienen cansados pero eufóricos. Son ellos los primeros sorprendidos por lo que han hecho: enfermos que curan, personas que creen, gente abandonada que cambia su vida, los que preguntan queriendo saber más y más, endemoniados que son liberados. Jamás lo hubieran pensado; todos los doce tienen muchas cosas que contar y muchas ganas de hablar. Pero están cansados y Jesús se da cuenta, y les invita a un sitio tranquilo donde descansar y gozar de la experiencia con paz. Porque “no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado”. No faltarán entre ustedes quienes se encuentren a veces en situación parecida. 

Habrá quienes, obligados por la edad o los achaques, no estén ya para esfuerzos semejantes; pero también cuántos padres y madres de familia, sacerdotes, incluso personas jóvenes absorbidas por sus estudios y otras obligaciones, cuántos son los que no encuentran tiempo para hablar con tranquilidad con sus familias, saborear el cariño de la esposa y de los hijos, tener un poco de reposo para compartir con sus amigos, para leer un libro, para reflexionar sin prisa sobre lo que más les importa, para escuchar, agradecer y hablar con Dios. 

Y ocurrió que la gente adivinó a dónde iban Jesús y los discípulos, y corriendo se adelantaron de modo que al llegar estaba ya esperando un buen grupo. Se frustraron los planes. ¡Pobres! ¡Qué interés por escucharle! Dice Pedro, que fue testigo (el evangelio de Marcos es el de Pedro, recuerden), que a Jesús “le dieron lástima”; en rigor el término de Pedro es más expresivo; dice que a Jesús “se le conmovieron las entrañas porque andaban como ovejas sin pastor”. Aquella gente necesitaba una palabra de esperanza. Porque el hombre de todos los tiempos necesita saber “por qué vive, por qué trabaja, por qué sufre, por qué muere”, como enseña el Vaticano II (G.S.). Y concluye: “Y se puso a enseñarles con calma”. El deber más urgente del buen pastor es proporcionarles buenos pastos. Y “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). 
 
La importancia de los buenos pastores se ve ya en el Antiguo Testamento. Dios condena a los malos. Ya le hemos oído la amenaza. “¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas! Yo les tomaré cuentas por la maldad de sus acciones”. Y asegura que acabará con la situación por las buenas o las malas por medio del Mesías prometido: “Yo mismo reuniré el resto, lo que quede de mis ovejas, y les pondré pastores que las pastoreen. Suscitaré a David un vástago legítimo, reinará como rey prudente. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro”. Esta profecía de Jeremías la cumple hoy Jesús: “Yo soy el buen Pastor”. Con plena verdad le canta el salmo, y también nosotros: “El señor es mi pastor. Nada me falta. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo. Preparas una mesa ante mí. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (S. 22). 

Son palabras que recuerdan otras entrañables de Jesús a la vuelta triunfante de otra experiencia apostólica, esta vez de 72 discípulos, símbolos en su Iglesia de cualquiera de ustedes, pues todos en la Iglesia estamos y están llamados a dar testimonio: “Lleno de gozo por la acción del Espíritu Santo, exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y las has revelado a los pequeños”. Alégrense, hermanos, los pequeños, los que no han tenido tiempo para grandes estudios teológicos, pero tienen gran amor a Jesucristo y quieren que sea más y más amado. “Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están apenados y sobrecargados y yo les aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán alivio para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30). 

Si ustedes recurren a la Palabra en penas y alegrías, para dar gracias y pedir perdón, para encontrar luz y fuerza, para conversar con su Dios de corazón a corazón verán que no les defrauda. Desde el principio, antes que ninguna cosa existiese, existía la Palabra y la Palabra estaba en lo más íntimo de Dios y la Palabra era Dios. Vino al mundo, está en el mundo, la guarda y proclama la Iglesia. Y cuantos la reciben, se convierten en hijos de Dios y de su plenitud van creciendo de gracia en gracia (v. Jn 1,1-18). 

Por eso es fundamental que la Palabra, la Palabra de Dios al hombre, llegue a todos. Por eso, cuando la hayan gustado, denla a otros, porque es la primera necesidad y derecho de cada hombre. Conocer la Palabra, escucharla, gustarla en la intimidad de la oración, iluminar con ella el momento que vivo, valorar mi conducta con su medida, dejarme meter por ella en lo íntimo del Corazón de Dios, sentir en el mío su pálpito, llorar mis pecados, sentir la caricia del perdón y la fuerza vital de la vida de Jesús en mi alma para poner mis pisadas en sus huellas cargando con mi cruz. La grandeza de la palabra la conoce sólo el que la acoge. Oren la palabra. La intimidad con Jesús nos irá abriendo la puerta de su Corazón y nos hará día a día mejores discípulos. La palabra orada nos dará la gracia de amar a Jesús cada día con más entusiasmo, de hacer lo posible para sea más conocido y más amado. Es la palabra de quien es el camino, la verdad y la vida. Y recuerden: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Que así sea.