Este es un espacio de catequesis en el que encontrarás enseñanzas, noticias, mensajes, y reflexiones que te permitirán conocer la verdadera doctrina y te serán útiles en tu camino de fe.


¡¡¡Gracias por tu visita!!!

Mostrando entradas con la etiqueta Vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vida. Mostrar todas las entradas

10 de agosto de 2012

¨El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga¨

Del Santo Evangelio según San Mateo 16, 24-28
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla? 

Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad".
(Aciprensa.com)

Comentario:
Los cinco versículos del evangelio de hoy son la continuidad de las palabras de Jesús a Pedro que meditamos ayer. Jesús no esconde ni ablanda las exigencias del discipulado. No permite que Pedro tome la delantera y le pone en su sitio: “¡Quítate de mi vista!” El evangelio de hoy detalla estas exigencias para todos nosotros.

Mateo 16,24: Tome su cruz y me siga.  En aquel tiempo, la cruz era la pena de muerte que el imperio romano imponía a los marginados y a los bandidos. Tomar la cruz y cargarla detrás de Jesús era lo mismo que aceptar el ser marginado por el sistema que legitimaba la injusticia.

La Cruz no es fatalismo, ni exigencia del Padre. La Cruz es consecuencia del compromiso libremente asumido por Jesús: revelar la Buena Nueva de que Dios es Padre y que, por tanto, todos y todas deben ser aceptados y tratados como hermanos y hermanas. A causa de esto, Jesús fue perseguido y no tuvo miedo de dar su vida. No hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos (Jn 15,13). El testimonio de Pablo en la carta a los Gálatas muestra el alcance de todo esto: “Por mí, no quiero sentirme orgulloso de nada, sino de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo, para el mundo. (…)Que nadie pues me venga a molestar. Yo, por mi parte, llevo en mi cuerpo las señas de Jesús” . (Gal 6,14,17)

Mateo 16,25-26: Quien pierde la vida por causa mía la encontrará. Estos dos versículos explicitan valores humanos universales:  salvar la vida, perder la vida, encontrar la vida. La experiencia de muchos enseña lo siguiente: Quien corre tras los bienes y la riqueza no queda nunca saciado. Quien se entrega a los demás olvidándose de sí, siente una gran felicidad. Es la experiencia de las madres que se entregan, y de mucha gente que no piensa en sí, sino en los demás. Muchos hacen y viven así casi por instinto, como algo que viene del fondo del alma. Otros hacen así, porque tuvieron una experiencia dolorosa de frustración que los llevó a mudar de actitud.

Jesús tiene razón en decir: Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Importante es el motivo: “por mí”, o como dice en otro lugar: “por causa del Evangelio” (Mc 8,35). Y termina: “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” Esta última frase evoca el salmo que dice que nadie es capaz de pagar el precio de rescate de la vida: “comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede, con plata sobornarlo, pues es muy caro el precio de la vida. ¿Vivir piensa por siempre, o cree que no iré a la fosa un día?”. (Sal 49,8-10).

Mateo 16,27-28: El Hijo del Hombre, dará a cada uno según su conducta. Estos dos versículos se refieren a la esperanza del pueblo con relación a la venida del Hijo del Hombre al final de los tiempos como juez de la humanidad, como presentado en la visión del profeta Daniel (Dn 7,13-14).

El primer versículo dice: “El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27). En esta frase se habla de la justicia del Juez. Cada uno recibirá según su propia conducta. El segundo versículo dice: “Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino”. (Mt 16,28). Esta frase es un aviso para ayudar a percibir la venida de Jesús como Juez en los hechos de la vida. Algunos pensaban que Jesús vendría luego (1Ts 4,15-18). Jesús, de hecho, ya estaba presente en las personas, sobre todo en los pobres. Pero ellos no lo percibieron. Jesús mismo había dicho: “Cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo!” (Mt 25,34-45).
 
  La edición y el subrayado son nuestros  

Tomado del Sitio oficial de los carmelitas  


San Pío de Petrelcina le decía una mujer que le escribe: ¨A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní. A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.(corazones.org)

 En este día, descubramos nuestra propia cruz, la que esta hecha por  nuestras debilidades, heridas, amarguras, miedos, por todo aquello que no no nos deja vivir y que hace que muramos cada día. Acojamos y aceptemos esa cruz  pesada y deforme, para que confiando en Cristo, Él la cargue con nosotros. 

Que la misericordia y la confianza en el Señor, no les falte. 
Gracias


2 de agosto de 2012

Del Santo Evangelio Según San Mateo 13, 47-53


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?" Ellos le contestaron: "Sí." Él les dijo: "Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo bueno y lo antiguo."  Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.(Aciprensa.com)


Homilía del Beato Juan Pablo II


1."El reino de Dios es semejante a una red..." (Mt 13, 47). (…)

Este Reino de Dios se encuentra en medio de nosotros (cf. Lc 17, 21), del mismo modo como lo ha estado en todas las generaciones de vuestros padres y antepasados. Como ellos, también nosotros rezamos cada día en el Padrenuestro: "Venga tu reino". Estas palabras testimonian que el Reino de Dios está siempre delante de nosotros, que nosotros caminamos a su encuentro y que, por ello, vamos madurando en medio de ese camino intrincado, e incluso a veces errado, de nuestra existencia mundana. Nosotros testimoniamos con esas palabras que el Reino de Dios se va realizando y se nos va acercando constantemente, aun cuando con tanta frecuencia lo perdamos de vista y ya no percibamos la figura concreta que de él nos presenta el Evangelio. A menudo parece como si la única y exclusiva dimensión de nuestra existencia fuera "este mundo", "el reino de este mundo" con su figura visible, con su sofocante progreso en ciencia y técnica, en cultura y economía..., sofocante y no pocas veces exasperante. Sin embargo, cuando cada día o al menos de vez en cuando nos hincamos de rodillas para rezar, siempre repetimos, en medio de esa atmósfera en que vivimos, las mismas palabras: "Venga a nosotros tu reino". 
 
Queridos hermanos y hermanas: Estas horas en las que aquí se desarrolla nuestro encuentro, este tiempo que yo puedo pasar entre vosotros, gracias a vuestra invitación y hospitalidad, es el tiempo del Reino de Dios: del reino que ya "está aquí" y a la vez de ese reino que todavía "viene". Por ello, todo lo esencial de esta visita tenemos que explicarlo con la ayuda de esa parábola que en el Evangelio de hoy hemos escuchado: "El reino de Dios es semejante...". 

2. ¿A quién se asemeja? 

Según las palabras de Jesús, tal cómo nos las han transmitido los cuatro Evangelistas, este Reino de Dios viene esclarecido a través de múltiples parábolas y comparaciones. La comparación de hoy es una de ellas. Nos parece unida de un modo singularmente estrecho a aquel trabajo que desempeñaban los Apóstoles de Cristo, entre ellos Pedro, y muchos de sus oyentes a la orilla del mar de Genesaret. Cristo dice: el reino de los cielos es semejante "a una red barredera, que se echa en el mar y recoge peces de toda suerte" (Mt 13, 47). Estas sencillas palabras transforman por completo la imagen del mundo, la imagen de nuestro mundo de hombres, tal como nosotros lo forjamos con nuestra experiencia y nuestra ciencia. Pero experiencia y ciencia no pueden traspasar en modo alguno esas fronteras inherentes al "mundo" y a la existencia humana, esas fronteras necesariamente unidas al "mar del tiempo", las fronteras de un mundo en el que el hombre nace y muere, de acuerdo con las palabras del Génesis: "polvo eres, y al polvo volverás" (Gén 3, 19). La comparación de Cristo habla, por el contrario, del traspaso del hombre a un "mundo" distinto, a una nueva dimensión de su existencia. El Reino de los cielos es precisamente esa nueva dimensión que se abre sobre el "mar del tiempo" y es, simultáneamente, la "red" que actúa en ese mar para conseguir el definitivo destino del hombre y de todos los hombres en Dios. 

Nuestra parábola de hoy nos invita a reconocer el Reino de los cielos como la definitiva realización de esa justicia a la que el hombre aspira con el incesante deseo que el Señor ha puesto en su corazón, de esa justicia que el mismo Jesús obró y anunció, de esa justicia, por fin, que Cristo selló con su propia sangre en la cruz. 

En el Reino de los cielos, el "reino de la justicia, del amor y la paz" (Prefacio de la fiesta de Cristo Rey), el hombre se encontrará también a sí mismo realizado, pues el hombre es el ser que, surgiendo de la profundidad de Dios, esconde en sí una profundidad tal que sólo Dios puede colmar. El, el hombre, es con todo su ser una imagen y semejanza de Dios. 

3. Jesús ha fundamentado su Iglesia sobre los doce Apóstoles, de los que la mayoría eran pescadores. La imagen de la red les era bien familiar. Jesús quería hacerlos pescadores de hombres. También la Iglesia es una red, una red ensamblada por el Espíritu, entretejida por la misión apostólica, operante por la unidad en la fe, vida y amor. 

Pienso en estos momentos en la espaciosa red de toda la Iglesia universal. Ante mis ojos está al mismo tiempo cada una de las Iglesias de vuestro país, especialmente la gran Iglesia en Colonia y los obispados circundantes. Ante mis ojos tengo, finalmente, la más pequeña de las Iglesias, la "Ecclesiola", la iglesia doméstica, a la que el reciente Sínodo de los Obispos en Roma ha prestado tan profunda atención en el tema sobré la " Misión de la familia cristiana".

La familia: Iglesia doméstica, comunidad única e irreemplazable de personas, sobre la que San Pablo nos hablaba en la segunda lectura de hoy. El tiene presente, naturalmente, el aspecto de la familia cristiana de su tiempo; lo que él dice tenemos, pues, que aplicarlo nosotros a los intereses de las familias en nuestro tiempo: lo que dice a los maridos, lo que dice a las mujeres, a los hijos, a los padres y, finalmente, lo que él nos dice a todos: "Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente... Pero por encima de todo esto, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos" (Col 3, 12-15); ¡Qué gran lección para la espiritualidad matrimonial y familiar! 

Nosotros, sin embargo, no debemos cerrar los ojos al otro aspecto; los padres sinodales se han ocupado de él muy en serio: estoy pensando en las dificultades que hoy supone el alto ideal de la comprensión y del comportamiento cristiano de la familia. La moderna sociedad industrial ha modificado básicamente las condiciones de vida del matrimonio y de la familia. Matrimonio y familia eran antes no sólo comunidad de vida, sino también comunidad de producción y economía. Vivían desplazados de las múltiples funciones públicas. El clima de hoy, abierto al exterior, no siempre resulta acogedor para el matrimonio y la familia. En nuestra anónima civilización de masas, ellos aparecen sin embargo como el lugar de refugio ante la búsqueda constante de seguridad y felicidad. Matrimonio y familia son hoy, pues, más importantes que nunca: célula germinal para la renovación de la sociedad; fuente de energía por la que la vida se hace más humana y, tomando de nuevo la imagen, red que da firmeza y unidad, emergiendo de las corrientes del abismo.

No permitamos que esta red se destroce. El Estado y la sociedad inician su propia ruina en el momento en que no promuevan ya activamente el matrimonio y la familia, en el momento en que no los protejan, equiparándolos a otras comunidades de vida no matrimoniales. Todos los hombres de buena voluntad, especialmente nosotros, los cristianos, estamos llamados a descubrir de nuevo la dignidad y el valor del matrimonio y de la familia, viviendo ante los demás de una manera que convenza. La Iglesia ofrece desde la luz de la fe su consejo y su servicio espiritual

5. El matrimonio y la familia están profundamente, vinculados a la dignidad personal del hombre. Nacen no sólo del impulso instintivo y la pasión, no sólo del afecto; nacen ante todo de una libre decisión de voluntad, de un amor personal, por el que los cónyuges llegan a ser no sólo una misma carne, sino también un único corazón y una sola alma. La unión corporal y sexual es algo grande y hermoso. Pero solamente es digna del hombre si ella es integrada en una vinculación personal, reconocida por la sociedad civil y eclesiástica. Toda unión carnal entre hombre y mujer tiene, por tanto, su legítimo lugar sólo dentro del recinto de fidelidad personal, exclusiva y definitiva, en el matrimonio. El carácter definitivo de la fidelidad matrimonial, que muchos hoy parecen no comprender ya, es igualmente una expresión de la dignidad incondicional del hombre. No se puede vivir solamente de prueba; no se puede morir solamente de prueba. 

No se puede amar sólo de prueba, aceptar a una persona sólo de prueba y por un tiempo determinado. 

6. Así, pues, el matrimonio está orientado hacia la permanencia, hacia el futuro. Mira siempre hacia adelante. Es el único lugar adecuado para la procreación y educación de los hijos. El amor cristiano está, por tanto, orientado esencialmente también a la fecundidad. En esta tarea de transmitir la vida humana, los esposos son colaboradores del amor de Dios creador. Yo sé que también aquí las dificultades son grandes en la sociedad actual. Cargas sobre todo para la mujer, viviendas reducidas, problemas económicos e higiénicos, inconvenientes que se crean, a veces ex profeso, a las familias numerosas, todo esto constituye un obstáculo para un mayor número de hijos. Yo apelo a todos los que tienen responsabilidad y poder en la sociedad: haced cuanto sea posible para crear recursos. Pero apelo sobre todo a vuestra propia conciencia y a vuestra responsabilidad personal, queridos hermanos y hermanas. En vuestra conciencia tenéis que tomar la decisión ante Dios sobre el número de vuestros hijos. 

Como esposos, estáis llamados a una paternidad responsable. Pero esto significa que vuestra planificación familiar debe ser tal que respete las normas y criterios éticos. Es lo que ha subrayado el último Sínodo de los Obispos. Con gran vehemencia quisiera recordaros hoy especialmente, dentro de este contexto, las siguientes palabras: Eliminar una vida que aún está por nacer, no es un medio legitimo de planificación familiar. Os repito lo que dije a los trabajadores, el 31 de mayo del presente año, en el suburbio parisiense de Saint-Denis: "El primer derecho del hombre es el derecho a la vida. Hemos de defender este derecho y este valor. De lo contrario, toda la lógica de la fe en el hombre, todo el programa del progreso verdaderamente humano, se tambaleará y se vendrá abajo". Se trata, en efecto, de servir a la vida (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 8 de junio de 1980, pág. 7).

7. Queridos hermanos y hermanas: Sobre la base y el presupuesto indispensable de lo dicho hasta aquí tornemos ahora al profundo misterio del matrimonio y la familia. El matrimonio es, en la perspectiva de nuestra fe, un sacramento de Jesucristo. El amor y la fidelidad matrimonial son protegidos y encauzados por el amor y la fidelidad de Dios en Jesucristo. La fuerza de su cruz y su resurrección guía y santifica el matrimonio cristiano. 

Como ha puesto de relieve el reciente Sínodo de los Obispos en su mensaje a las familias cristianas en el mundo contemporáneo, la familia cristiana está llamada de un modo singular a colaborar en el plan salvífico de Dios ayudando a sus miembros "a ser, a su vez, agentes de la historia de la salvación y signos vivos del plan amoroso de Dios sobre el mundo" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 2 de noviembre de 1980, pág. 10).
El matrimonio y la familia, constituidos por el sacramento en una "iglesia en pequeño" o iglesia doméstica, tienen que ser una escuela de fe y un lugar de oración común. Yo confiero precisamente una gran importancia a la oración en la familia. Ella da fortaleza para superar los múltiples problemas y dificultades. En el matrimonio y la familia tienen que crecer y madurar las principales virtudes humanas y cristianas, sin las cuales no puede subsistir ni la Iglesia ni la sociedad. Aquí se encuentra el primer espacio del apostolado laico-cristiano y del sacerdocio común de todos los bautizados. Tales matrimonios y familias, impregnados de espíritu cristiano, son también los auténticos seminarios, es decir, el lugar donde se siembra la llamada espiritual al estado sacerdotal y religioso. 

Queridos esposos y padres, queridas familias: En este encuentro eucarístico de hoy, ¡nada podría desearos yo con más afecto que el que todos vosotros y todas y cada una de las familias forméis una "iglesia doméstica" de esa índole, una iglesia en pequeño; que se realice en vosotros la parábola del Reino de Dios; que experimentéis la presencia del Reino de Dios, siendo vosotros mismos una "red" viva que unifica, que lleva y que da seguridad —seguridad para vosotros y para cuantos se encuentren en vuestro entorno—!
Esta es mi bendición, la bendición que yo os expreso como vuestro invitado y peregrino, como servidor de vuestra salvación.


(…)

La edición y el subrayado son nuestros.


1 de julio de 2012

"Jesús, el dueño absoluto de la Vida, tiene un absoluto, poder sobre la muerte."

Del Santo Evangelio Según San Marcos 5,21-43  

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: "Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva." Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. 

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de Él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: "¿Quién me ha tocado el manto?" Los discípulos le contestaron: "Ves como te apretuja la gente y preguntas "¿Quién me ha tocado?"" Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud." 

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: "Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?" Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: "No temas; basta que tengas fe." No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: "¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida." Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y dijo: "Talitha qumi" (que significa: "Contigo hablo, niña, levántate"). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.  

Meditación del P. Adolfo Franco, S.J.

En este pasaje el Evangelista San Marcos nos narra dos milagros de Jesús:

La resurrección de la hija de Jairo, y la curación de una mujer que padecía de flujos de sangre.

Ambos milagros se relacionan, tienen en común la manifestación del poder de Jesús sobre la salud física y señalan la curación espiritual que Él nos da con su poder redentor [su Amor]
. Naturalmente que el signo que nos llama más poderosamente la atención es la resurrección de la hija de Jairo, una niña muerta prematuramente a los doce años. Pero para el poder de Dios todo es igualmente posible, y es igualmente manifestación de su amor.

Con respecto al milagro de la resurrección de la hija de Jairo, podríamos tener una actitud de espectadores desinteresados, simplemente curiosos, para estar simplemente informados. Y pensar qué suerte la de este padre a quien Jesús le devolvió viva a su hija. Pero a la vez, podemos estar pensando, cuántas niños y niñas, cuántos jóvenes que han muerto prematuramente, y sobre los que no ha ocurrido ningún milagro semejante. Simplemente las personas han quedado arrolladas por el poder destructivo de la muerte.

Por otra parte, si sólo pretendemos criticar, podemos añadir alguna otra consideración: al fin la niña, ahora resucitada, murió igualmente unos años más tarde. Al fin ese milagro no terminó con el "problema de la muerte", simplemente lo aplazó por unos cuantos años.

Todo esto sería no entender nada del milagro y no permitir que el milagro fuera simplemente una llave que nos abra la puerta de la fe en Jesús.

Por eso como cristianos necesitamos ante este milagro una actitud contemplativa, verlo también con el corazón: intentar entrar en profundidad en el milagro. Y así percibimos que la lección fundamental de este milagro es el poder de Jesús sobre la muerte. Jesús, el dueño absoluto de la Vida, tiene un absoluto poder sobre la muerte.

Y el poder más fuerte que tiene Jesús sobre la muerte, es despojarla de su fuerza destructora. Hacer que la muerte no sea muerte, sino aurora de vida. Cristo con su muerte destruyó la muerte. Nos dice San Pablo: "Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: ¨La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?" (1 Cor 15, 54-55).

El triunfo de Cristo sobre la muerte, el gran milagro, que brota del poder salvador de Jesucristo, está en penetrar en la realidad última de la vida y de la muerte y hacernos encontrar una bella flor: el sentido que tienen tanto la vida, como la muerte. El sentido que por la fe en Cristo descubrimos, nos hace ver a la muerte transformada en el despertar a la vida eterna, la que con más razón merece el nombre de VIDA. La boca del sepulcro la vemos oscura desde este lado de la vida efímera, pero en realidad es la puerta de la luz, vista desde el lado de las realidades definitivas. Jesús, al morir nos ha abierto esa luminosa puerta.

Para subrayar todo esto que venimos diciendo, nos dice el mismo Jesús, en el evangelio de San Juan: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para sie¬mpre" (Jn 6, 51).

Estas verdades de nuestra fe, nos desafían para que superemos la tristeza con que solemos mirar la muerte, y exclamemos en voz alta: por la fe afirmo con todas mis fuerzas que esta persona que veo muerta, está más llena de vida que nunca; esta persona que veo muerta en realidad ha entrado en la vida, en la vida de verdad, una vida que ya no tiene amenazas.
Ha entrado al reino de la Luz y de la Paz; una vida al lado de la cual ésta de ahora no es más que una imperfecta imitación.

Y más aún, esta absoluta certeza sobre el sentido de la muerte nos hace entender la vida temporal; nos hace darle su auténtico sentido. La vida en el mundo pasajero es un proceso, día a día, por el cual vamos acumulando, y construyendo nuestra futura resurrección, que se operará por la fuerza de Cristo Salvador, con esta vida estamos construyendo nuestra vida futura, con la gracia de Dios.

El sentido de la vida es algo tan importante, que sin él nos resulta muy difícil vivir esta vida; el que no encuentra sentido a su vida, la soporta, hasta que no puede más. Y la vida es tan hermosa: Dios nos permite construir, con su ayuda, nuestra verdadera vida futura. Cuando Dios nos mandó al mundo a vivir esta primera parte del tramo de nuestra vida, cuando nos hizo nacer, no nos tuvo como colaboradores para empezar a ser. No nos preguntó ¿qué ojos te gustaría tener? No nos preguntó por nuestra estatura, ni por el coeficiente de inteligencia. Pero para construir la vida definitiva, durante esta vida temporal, Dios sí nos viene a decir ¿cómo te gustaría tu otra vida? Y Dios nos dice que podemos construirla con su ayuda.

Por todo esto estamos seguros de que, como a la niña de que habla el Evangelio, también a los que hayamos muerto en Cristo, Jesús nos dirá: "contigo hablo, levántate". Y también nuestro sepulcro, como el del Resucitado, quedará para siempre vacío.


Los milagros de Jesús son también curación espiritual, P. Adolfo Franco, S.J., Blog: formación pastoral para laicos.




27 de junio de 2009

El Resucitado tiene poder sobre la muerte. (Domingo 13 del Tiempo Ordinario).

Sab 1, 13-15; 2, 23-24; Cor 8,7.9. 13-15; Mc 5, 21-43.

(...)
Jesús se conmueve ante la muerte que acaba de segar la vida a una niña de doce años, y la devuelve viva a sus padres, pidiéndoles que le den de comer, para que vean que realmente ha vuelto a la vida.

Pero ¿qué es la resurrección de una sola niña, frente a millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos que mueren o son eliminados cada día sin compasión alguna? Mas Jesús resucita a esa niña para darnos a entender que él tiene poder para resucitar a los muertos, gracias a su dominio absoluto sobre la muerte, y que son multitud inmensa los que él resucita cada día para la vida eterna.

La resurrección de la hija de Jairo, igual que la de Lázaro y del hijo de la viuda de Naín, y sobre todo la resurrección de Jesús, demuestran que la muerte no es el final de vida humana, sino el principio de la vida sin final; que el Resucitado tiene poder sobre la muerte; que Dios nos ha creado [para ser] inmortales; que la muerte del cuerpo no es la muerte de la persona, sino que, al despojarse ésta del cuerpo corruptible, atraviesa la muerte y Cristo la llama: “¡Levántate!”, para darle un cuerpo glorioso como el suyo. De la semilla que se pudre surge una planta nueva.

San Pablo asegura que Jesús “transformará nuestro pobre cuerpo mortal y lo hará semejante a su cuerpo glorioso” (Flp 3, 21), “Lo que es corruptible debe revestirse de incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de inmortalidad” (1Cor 15, 53). La muerte, por lo tanto, no es una desgracia, sino la ardua puerta de la máxima gracia y máxima felicidad: la resurrección y la gloria eterna.

El mismo Apóstol nos legó su convicción de fe: “Para mí es con mucho lo mejor el morirme para estar con Cristo”; “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”; “Pongan su corazón en los bienes del cielo, donde está Cristo”.

No podemos, pues, pensar nunca en la muerte sin pensar a la vez, y sobre todo, en la resurrección; de lo contrario viviremos como esclavos del temor a la muerte, en lugar de vivir en la alegría pascual del esfuerzo por conquistar la resurrección a través de la muerte, decidiéndonos a pasar porla vida haciendo el bien en unión con Cristo.

La fe verdadera no se rinde ante el poder de la muerte. ¿De qué nos valdría la fe si no nos llevara a la vida eternamente feliz, más allá de la muerte? Si no se cree en la resurrección, la fe resulta un engaño y la predicación un fracaso total.
(...)
P. Jesús Álvarez ssp.
Conferencia Episcopal Peruana


Lun.: Hch 12, 1-11; Sal 33; 2TM 4, 6-8. 17-18; Mt 16, 13-19
Mar.: Gn 19, 15-29; Sal 25; Mt 8, 23-27
Mié.: AGn 21, 5.8-20; Sal 33; Mt 8, 28-34 14-17
Jue.: Gn 22, 1-9; Sal 114; Mt 9,1-8
Vie.: Ef 2, 19-22; Sal 116; Jn 20, 24-29
Sáb.: Gn 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mt 9, 14-17

5 de abril de 2009

La entrada de Cristo a Jerusalén.

¿Qué tanto soy capaz de seguir a este Cristo, que como rey, va a ser sacrificado por mí?
(...)

Para Cristo, el signo de la entrada de Jerusalén, es el signo que le lleva a la cruz; para nosotros cristianos, nuestro Bautismo es un signo que nos indica, necesariamente, la presencia de la cruz de Cristo. Se trata de ser seguidor de Cristo, marcado con el signo indeleble de la cruz en el corazón y en la vida. El cristiano ha de ser capaz, como Cristo, de recoger los frutos de vida eterna del árbol fecundo de la cruz, para uno mismo y para sus hermanos.

Para quien juzga según Dios, la abnegación es Sabiduría Divina envuelta en el misterio de Cristo crucificado. No existe otro camino para ser seguidor de Aquél que no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Toda la vida de Cristo, y particularmente su pasión, tiene un profundo significado de servicio para la gloria del Padre y para la salvación de los hombres. El Primogénito de toda criatura —al cual corresponde el primado sobre todas las cosas que son en el cielo y en la tierra—, el que viene en el nombre del Señor, el rey de srael, se ha hecho siervo de todos los hombres y dado a muerte en rescate de sus pecados.

Cristo entra en Jerusalén; Cristo nos habla del grano de trigo, nos habla de ser exaltados en la cruz, y nos hace una pregunta que tenemos que responder: “¿Puedes beber del cáliz que yo beberé?”.